Estar en una ciudad por primera vez es como hacer por primera vez el amor. Uno se siente confuso, perdido, excitado, le golpean en la cabeza todas aquellas cosas que lehan dicho los demás sobre el tema, y se asusta un poco ante el paraíso - o no -desconocido. Cuando una mujer hace el amor por primera vez está atemorizada por el dolor, por la sangre, por el embarazo, por la autocrítica. Las ciudad es también duelen, y también te marcan, y te cambian el cuerpo y la forma de mirar. Cada amante, cada ciudad, forma parte de nosotros mismos y nos describe.
Los hombres son graciosos ante este tipo de situaciones: suelen perderse, confundirse, tienen miedo y lo pasan mal, pero no piden ayuda por el orgullo de dar lo que se espera de ellos. Quiero decir: ni por asomo preguntan una dirección, ni piden ayuda con el mapa. Pobres, cae sobre ellos una larga tradición de versados amantes masculinos que les causa pánico desmentir (dónde va a quedar su honra). Las mujeres, en tales situaciones, me producen una extraña fascinación: han de ser capaces de guiarles sin que ellos se den cuenta. El mayor arte de la mujer es el de simular, aparentar, guardar silencio, pasar desapercibidas. Parecer inocentes y decididas a la vez. Luego, cuando todo haya salido bien, ellos gritarán: ¡lo encontré! ¿ves como te sabía hacer llegar? (en el mejor de los casos, ellas callarán que han fingido).
Las ciudades nuevas son como los nuevos amantes: una vez has visitado unas cuantas, tienes ciertas estrategias para orientarte por las nuevas que se cruzan en tu camino; pero cada una tiene un encanto especial que la aleja de la anterior, y de la siguiente. Perderse por las calles de una ciudad nueva tiene un paralelismo perfecto con recorrer la piel de un nuevo amante: las piernas, los muslos, la catedral, el casco antiguo. Sus mejores vinos, sus mejores librerías, los lugares donde hacen conciertos. Los nuevos sabores de besos. El primer viaje ensolitario (no mueras sin hacer uno) cambia la vida de una persona, le hace sentir en sus huesos el indómito salvajismo de la preciosa libertad. Exactamente igual que el primer amor.
No obstante, si tengo que elegir, me quedo con los viajes: nadie te mira mal si enseñas las fotos a la familia.
Escrito por yure el 16/11/2009 19:01 | Comentarios (0)
Ella soñaba con un cuento de hadas. Y lo tuvo. Como nadie le regalaba flores, se las encargaba por la mañana y por la tarde se ponía muy guapa, muy guapa, a esperar al chico del reparto. Lo solía hacer los jueves y las tarjetas siempre hablaban de un amor en Argentina que todos sabían que no existía.
Empezó a escribir sus propias cartas y a enviarlas, con perfume, al correo. Siempre cada quince días. Allí aparecían los poemas de amor guardados desde hacía tiempo en su cuaderno, frases que nadie le decía, y que le robaban el llanto cuando se las colocaba muy cerquita de la nariz y aspiraba con fuerza los restos del olor de aquel hombre que nunca había existido.
Con el tiempo aprendió a añorar sus manos. Las imaginó rugosas, fuertes, pero con una sensibilidad especial para rozar con las yemas la parte de atrás de su cuello. Incluso fabricó recuerdos, cicatrices de viajes, toda una historia a medida de su vacío.
Todo el mundo empezó a creer en aquel amor argentino con nombre de cantante de tangos. Nadie dudaba de la procedencia de esos ramos de flores, de aquellas cartas que cada vez olían más a piel de hombre. Y, como en los cuentos de hadas, un día apareció. Le besó el cuerpo y la cubrió de rosas. Y ella le miró y pensó: prefería las cartas y las flores. Y le echó de su casa. Y volvió a llamar los jueves por la mañana a la floristería de su calle.
Dicen que el que ama esperando se acaba enamorando de sí mismo.
Escrito por yure el 24/07/2009 14:40 | Comentarios (0)
¿Los cangrejos se enamorarán? ¿Frotarán sus patitas con deseo mientras se hacen arrumacos? ¿Cómo serán sus besos? ¿Concertarán citas románticas donde el señor cangrejo lleve a comer a su amada inmigrantes caídos al estrecho? ¿Habrán cangrejos homosexuales? ¿Se pondrán también los cuernos? Viven demasiado poco. El amor es para quien tiene tiempo.
Yure. 29/06/09
Escrito por yure el 29/06/2009 11:45 | Comentarios (1)
- Quiero que hablemos. Deberíamos dejar de hacer esto - eran las 11 de la mañana, y nuestros cuerpos habían estado mezclando sus olores durante más de 12 horas.
Pasó el día en una inmovilidad heladora, casi mortecina. Al final me decidí a despegar los labios.
- Necesito que me abraces - y de verdad lo hacía; me dolía mucho dentro del pecho, como si me estuvieran arrancando algo con su partida.
- Si te abrazara, no sería solamente un abrazo. Sería algo más y tú lo sabes.
Y no lo hizo. Aquella noche me dormí llorando porque me di cuenta de que aquello que me habían arrancado en el pecho era el corazón. Esta vez no es literatura, princesa, pensé. Y me apunté a un cursillo para aprender a vivir sin alma.
Escrito por yure el 26/06/2009 21:08 | Comentarios (0)
Hoy te voy a ver: Me desnudo lentamente, mirando frente al espejo cómo va cayendo la ropa. Me meto a la ducha, enjabono todo mi cuerpo, me mojo, me rasuro. Me seco, me perfumo, elijo cuidadosamente la ropa interior, el vestido de algodón, el recogido en el pelo. Preparo mentalmente cinco maneras diferentes de morderte el cuello en el primer descuido que se me presente. Cuando llego a la cafetería, te tengo tantas ganas que creo que todos me lo notan en la cara. Así que me pido un té y me siento, a darte consejos sobre cómo ligártela a ella. Estas cosas no las hacen las amigas.
Escrito por yure el 08/06/2009 01:25 | Comentarios (4)
Venga, cariño, si me regalas una sonrisa te invito a champán. En mi cuarto. Puedes utilizar mi ombligo como copa, si quieres. Así, escapamos los dos de esta anónima dársena de autobús y te enseño lo que es viajar de verdad... ¿vienes conmigo?
Escrito por yure el 04/05/2009 03:32 | Comentarios (4)
Cuando se le acabó el camino, se dio cuenta de que se había quedado sin botas. De caminar inconscientemente, había acabado por desgastar su propia piel en el sendero, y se había acostumbrado de tal modo que en la planta de sus pies se había formado una capa de piel dura e insensible que le permitía caminar sin calzado alguno. En medio del campo, una vocecita pequeña le dijo: no te lamentes, pequeña, aquí no hay zapatitos de princesa. Y buscó, ingenua, al conejito blanco con un reloj de bolsillo poseedor de la vocecita. Pero no encontró a su alrededor ningún ser vivo, y comenzó a sospechar que quizá fuese esquizofrenia.
Como tampoco tenía qué comer, empezó a alimentarse de viento. Abría la boca de par en par, como las ventanas en días de fiesta, para que el aire le entrase dentro y se le llevara todo aquello que el caminar, a diferencia de sus botas, no había sabido desgastar. Pero nunca había suerte. Entonces, aprendió a beber el sol, y a comerse la amargura. Se convirtió en viajera errante y se acostumbró a andar sin sendero. La soledad hace que todo se vuelva igual, de un color vacío y polvoriento que arranca el interés a todo. Perdió la noción de la realidad y del tiempo, y caminó sin rumbo, por las tierras sin sendero que encontraba a su paso, y poco a poco dejó de importarle todo lo demás. El clima, las horas, la estación del año, el estado de su ropa. Su pelo se llenó de nidos y su aurora de rocío, y se metamorfoseó en campo.
Esta no es la historia de una vida, ni lo pretende ser. La muchacha que me lo contó lo había oído de su abuela, y no estaba segura de que fuese del todo cierto. En algunas aldeas fantasma de Tierra de Yanguas he encontrado un par de ancianos milenarios que cuentan haberla visto con su pelo lleno de flores y su regazo con olor a páramo, buscando aún el sendero por el que reconducir sus pasos. Pero sólo son leyendas; esos ancianos que tienen en su piel dibujado un mapamundi llevan, también, en la alforja de su memoria un quintal de tesoros orales. Inventados o no, en la primavera veo, con el primer deshielo, las huellas de unos pies errantes, solitarios, que buscan aún un retazo de paz al que llamar hogar.
Escrito por yure el 04/05/2009 01:39 | Comentarios (5)
Nací en un sitio donde el tiempo estaba parado, como en una isla. Donde las noticias las daba el pregonero, y ni por asomo internet. Donde los niños iban juntos a la misma clase, tuvieran la edad que tuvieran. Donde los sábados se iba a jugar al frontón, arriba del río, y más arriba estaba el cementerio, donde los niños no podíamos ir. Donde los bueyes iban con yunta. Donde había una adúltera, dos solterones, una mujer que se ahogaba en su vida, un loco del pueblo y un matrimonio del que se decía que ella le pegaba a él. Allí había de todo, como en un microcosmos.
Un día aparecieron dos niños en mi clase, que se suponía que sólo habían venido a pasar el verano. Su madre no salió de casa de los abuelos hasta un mes después, y todos rumorearon que el marido casi la mata, si no llega a ser por el hijo. Y yo sentí que aquel niño era un hombre ya, así, con 7 años. Y que había hecho algo muy importante. Y lo sigo pensando.
Los domingos por la mañana se iba a misa porque no había nada más. Y la daba aquel cura tan joven y retrógrado que me daba clase de religión y mucho miedo, porque siempre iba de negro y con alzacuellos. En la misma iglesia donde me bautizaron. Y por la tarde, a jugar a la plaza o, si hacía mal tiempo, a jugar al salón que había pegado al bar (que era donde se hacía el baile por fiestas).
Yo vivía en una pradera a las afueras de aquel pueblo. La pradera tiene su propia historia, y se llama San Roque. Tenía un árbol que tenía una fuente en sus tripas. Y una ermita pequeña, revestida de cal, con un ventanuco semiabierto la mitad del año. Y un pinar al fondo. Y un columpio en el que no se podía jugar. Y mi desván, que estaba lleno de murciélagos que yo imaginaba humanos, como una pequeña comunidad de seres negros y alados que hablaban de sus cosas, allí colgados del techo. Por las tardes, mi padre llegaba en su moto destartalada y tocaba el cláxon. Yo corría fuera del patio y me subía a la moto, y me daba una vuelta. Con la moto entre los pinares. Y yo sentía, en la cumbre de mi pequeño microcosmos, que no podía haber una sensación más alucinante que aquella.
Escrito por yure el 08/04/2009 12:48 | Comentarios (5)
La castaña de la segunda silla quiere ser pelirroja. Y joven. Por eso se ha levantado hoy a las 8.30 en vez de a las 10, aunque le sobraba tiempo para venir aquí. Y total, para estar esperando... A su lado está su tío Marcial. Ella se imagina en fiestas pijas y repipis como las de la Preysler, aunque con Ferrero Rocher no, que engordan; oeri ka verdad es que disfruta más en el pueblo.
A su lado hay una viejecita de pelo ondulado y canoso; acaba de nacer su quinto nieto. Cuando, a los veinte años, le dijeron que las mujeres no se jubilan nunca, pensaba que bromeaban. Ahora, a los setenta y cinco, comienza a sospechar que era verdad.
Una luz verdosa de fluorescente desgastado inunda todo. Nerviosos, impacientes y atemorizados, media docena de presuntos padres se quedan progresivamente sin uñas. En alguna de esas puertas cerradas se esconden las personas que van a cambiar sus vidas. Los familiares se agolpan a su alrededor, pero están solos. Es una especie nueva de soledad que les va a acompañar el resto de su vida, y que a las mujeres nos acompaña desde mucho antes. Aprenderán a convivir con ella poco a poco, pero presienten -sudorosos, dando su cincuenta y ocho paseíllo- que comienza su madurez: ahora, ya son padres.
6-04-09
Escrito por yure el 08/04/2009 01:44 | Comentarios (2)
Después se sentó. Cansada, esa era la verdad, pero feliz. Descubrió que no le gustaba sentarse, que por eso llevaba zapatillas de deporte, y no tacones. Para correr más. Siempre adelante. Y allí, sentada, comenzó a pensar en hacia dónde estaba caminando. Primero levemente, luego de modo intenso, hasta ser un dolor que se le metió en el pecho. Y se sintió muy triste.
De las farolas de la calle le llegaba una luz polvorienta, como gastada. La gente dormía en sus casas. Allí todo olía a vacío, a viejo y a dolor. A mediocridad absorbente, absurda. Y sintió ganas de huir lejos, muy lejos, para que no le alcanzaran aquellos alambres que la apresaron sin dejarle avanzar mucho tiempo atrás. Y de los cuales había huído, o intentaba huir. Vio el fin de la negrura en forma de calendario, y agachó la cabeza para verlo en etapas. Allí ya no había nada para ella.
Y se entregó al trabajo. El porqué del camino no era huir de allí, pero sí una motivación fuerte. En su cartera ponía "la felicidad no es el fin del camino, sino la razón del viaje", y ella lo creía. Así que se levantó. Y, sin levantar demasiado la cabeza -el horizonte suele asustar- siguió caminando.
Escrito por yure el 08/04/2009 01:03 | Comentarios (1)
Que la vida es cíclica y se repite, como los decorados en una película de bajo presupuesto, es una de las mayores verdades con que contamos. Y no sólo diacrónica, sino también sincrónicamente (esto es, las vidas de los seres humanos se parecen unas a otras escalofriantemente).
Pero me quiero centrar en la diacronía. Sin pretender hacer una gran reflexión, he de decir dos cosas: la primera, que a veces el tiempo no es un factor relevante; puedes dejar a alguien radicalmente y volver a encontrarlo igual 3 años después. Sin dejar de ser bastante indiferente para mí, aunque escalofriante para el sujeto en cuestión, da que pensar y mucho: ¿realmente el desarrollo cognitivo de dos personas con circunstancias similares va siempre a la par, o cada uno evoluciona de una manera, factor el cual es el mayor causante de los desajustes en las relaciones humanas afectivas? Es decir, ¿el caso de Benjamin Button es realmente tan de ciencia ficción, o todos somos un pequeño Brad Pitt (ay, ojalá...) con un desarrollo tanto interno como externo como para echarnos de comer aparte?
Pues yo, señores, como cabe suponer, me inclino por la segunda. Por ello no creo en el amor, ni en la amistad, ni tan siquiera en la familia: como diría Heráclito, todo fluye, todo cambia. Y eso de que la eternidad dura un instante no es una frase bonita simplemente, es cierto: si pretendemos estancar nuestra felicidad en un momento, éste se esfumará y nos quedaremos sin nada, vacíos, porque lo que está vivo no se puede estancar: sólo se estanca lo muerto.
Y junto a esto observamos la escalofriante realidad de aquellos seres humanos que no saben o no pueden hacer nada contra esto y se dedican a vivir en una contínua minoría de edad, ya sea total o parcial, de su trayectoria vital. La gente es muy cobarde, mucho más de lo que yo llegué a imaginar nunca, hasta incluso con las cosas que importan para su propia felicidad.
Lo dicho, que como suelo decir en mis sesiones arregla-mundos por las cafeterías de mi ciudad, ya no hay hombres de verdad: murieron todos con Paul Newman.
Escrito por yure el 17/03/2009 11:13 | Comentarios (0)
Me sale mejor contigo encima. O al lado, o debajo, o donde sea, pero con tu piel tocando la mía. Me sale mejor si me equivoco contigo, si nos reímos de nuestras tristezas, si nos besamos torpemente, con desconocimiento. Me sale mejor si tiemblo y me sudan las manos, y a ti también, y jugamos a querernos. Me sale mejor si tú me tocas, me sale mejor contra tu cuerpo. Si la noche, con su luna, danza para nosotros, y tú me susurras al oído secretos que no son secretos, pero ni a ti ni a mí nos importa. Me sale mejor si estoy contigo, sonreír es más fácil cuando te tengo.
Escrito por yure el 09/03/2009 03:53 | Comentarios (0)
Quiero dibujarte con los lápices del alma. Quiero trazarte para que no seas borroso, para que tu sonrisa quede nítida y llena de color. Sacaré el rojo para pintarte el corazón, el verde para el camino desde tu casa a la mía, el amarillo... (el amarillo no, que soy teatrera y da mala suerte). El azul para decirte, cielo, que desplegaré mis alas - blancas - para rodearte con ellas e invitarte a volar conmigo. El violeta para tu risa, que me huele a primavera y pone mi casa de fiesta. El naranja para mí, para que la luz de mi vela nos inunde a ambos, mostrándonos un espacio en el que podamos buscar nuestro hogar. Y el negro, cariño, lo voy a romper y a tirar muy lejos, porque está tan contenta mi alma por dibujar la tuya que no has de tener miedo: no puede haber nada oscuro en nuestros pasos.
Escrito por yure el 31/01/2009 00:20 | Comentarios (0)
En la ciudad eterna de los días morados todo me olía a tu pelo, hasta el ruido de las plumillas de los intelectuales al rasgar sus hojitas de papel escribiendo nuevos sueños. Ahora que el naranja inunda los balcones, la ciudad eterna huele a mar, a deseo, a ganas de dejarse seducir por su juego de espejos reflectantes de vida, de agudísimos Gaudíes y Dalíes que trenzan con sus dedos el aire almibarado del otoño.
La ciudad eterna huele a leyenda, a Nada, a la lengua de mis ancestros. A gente que toca la guitarra en pequeñas plazas donde, en las mañanas de primavera, se acuna el sol. A ganas de besar el cielo. A las puntas de la enagua de Europa, que por fin ha escapado de su rapto y se ha vuelto mestiza, con sabor a Iberia y a rumba catalana. La ciudad eterna huele a futuro, a paseo en bicicleta, a un café con leche, por favor, o mejor un té, o mejor un zumo, o mejor... ¿usted que se tomaría? y las horas van pasando al compás de los ríos de historias que caminan por las calles, quizá también en dirección a su futuro, o tal vez a su pasado, quién puede saber.
La ciudad eterna huele a mí. A mí, que sé leer el mundo con mis dedos brailes mojados en tinta. Y tu pelo se ha volado con las danzas del otoño: ya estamos en invierno.
Escrito por yure el 11/01/2009 16:36 | Comentarios (1)
Hola, cariño, hoy he estado en casa. Me he dado una vuelta para ver cómo iba todo, qué tal estaban los niños, cuánto habían crecido. Dormidos están tan guapos... ¿te acuerdas, cariño, de lo que nos gustaba verlos así, con la carita de paz durmiendo?
He tenido miedo de entrar en tu habitación, por si estabas llorando, despierto aún. Se me rompe el alma de verte llorar, mi vida, mi dulce, tú dices que yo me he ido y no es así, yo nunca podré dejarte. No, si tú lloras. Te quiero demasiado. Cuando dije "para siempre" lo decía de verdad, mi cielo, no vuelvas a dudarlo.
Pero estabas dormido. Con una expresión de felicidad en tu cara, ¿estabas soñando con nosotros, cariño? se te debe hacer la cama grande, porque duermes abrazado a la almohada como antes te abrazabas de mi cintura. Daría tanto por besarte...
He salido porque no te quería perturbar el sueño -eres tan, tan lindo cuando duermes-. Te dejo esta nota sobre la cocina. Para que sepas que no estás solo, que yo sigo viniendo, mi cielo, y que por mucho que todos te digan lo contrario, la muerte no ha podido separarme de ti.
Escrito por yure el 25/12/2008 03:04 | Comentarios (4)
Aquella tarde le hizo el amor. Era su último día y ambos lo sabían. En realidad, lo llevaba deseando mucho tiempo, con una fuerza casi enfermiza. Cada mañana al despertar, cada noche al llegar a casa, en la cena –siempre escasa-, mientras su hermano se servía el té de por las noches. La había deseado desde que Yahoub la trajo por la puerta, cuando ambos tenían dieciséis años. Y su nombre, su pelo, el color de sus ojos y el delicioso aroma que desprendía su piel por las mañanas se le habían tatuado en la mente. La había deseado desnuda, vestida, con la cabeza tapada por ese velo color verde esmeralda bajo el cual escondía su irresistible cascada de pelo azabache. Cuando cocinaba pastas y sus manos se llenaban de harina, cuando venía, sudorosa, con el enorme cesto de mimbre en el que transportaba la ropa mojada.
Yahoub nunca lo habría sospechado. Él era carpintero, y pasaba demasiadas horas en el taller del señor Ahmed, el pobre hombre. Con el párkinson, apenas podía hacer nada y eso significaba el doble de trabajo para Yahoub: no se podían permitir otro empleado. En la carpintería hacían tablones de madera, todos iguales, de cuatro metros de largo para aquellos malditos cayucos que suponían a la vez la libertad y la tumba. Y todos los que montaban en ellos lo sabían.
Pero Hassan no. Había quedado en paro desde que en la lonja empezaron a despedir a gente, porque ya nadie podía comprar pescado. Y eso suponía un montón de horas en casa con la deliciosa criatura que, maldita fortuna, se había convertido hacía tres años en su cuñada. Aún embarazada era hermosa, con su vientre hinchado y los pechos jugosos rebosantes sobre el vestido. Antojadiza, con los tobillos cargados, Hassan la deseaba con ciega pasión y habría subido una y mil veces las manos tobillos arriba, cuando se ofrecía tímidamente a darles un masaje para hacerla descansar.
Y ella también le miraba. En aquella pequeña casa que apenas dejaba sitio para los tres era imposible que dos adultos solos, tantas horas juntos, no secruzaran por el pasillo y se rozasen disimuladamente, o aspirasen el rastro de feromonas que desprendía el sexo opuesto. Pero Amina nunca decía nada, cambiaba rápidamente de conversación o alegaba que tenía que ir a cuidar a la niña. Y Hassan se deshacía pensando en aquel fruto prohibido que constituía la posesión más valiosa de la persona que más quería en el mundo, su hermano gemelo.
Pero aquella tarde fue diferente. Él había pasado algún tiempo barajando la idea de ir a España, y el tipo de la embajada siempre alegaba lo mismo: sin soborno no había pasaporte. Tantos meses en casa, sin un mal puesto de empleo, hacían que se empezara a desesperar. Y entonces fue cuando se le ocurrió.
Si no hubiera sido la única solución, no lo habría hecho. Pero debía hacerlo y lo sabía, en casa no quedaba dinero para mantenerle a él, Amina ya hacía bastante lavando ropa de sol a sol para todo el vecindario a cambio de un poco de verdura, arroz o huevos. Y todos sabían que la solución era ir a Europa, así que un día se decidió y le dijo a Yahoub que le pusiera en contacto con el hombre al que le vendía las maderas. Su hermano se puso blanco e intentó disuadirle, pero sin demasiada fuerza porque a él tampoco se le ocurría otra solución. Y Hassan habló con el asqueroso señor Rashid, el que pedía un fortunón por jugarse la vida en un maldito cayucoque, con suerte, les transportaría a él y a otros cuarenta desgraciados a algún punto impreciso de la costa española. Y juntó dinero, de lo que podía. Sus ahorros de toda la vida, la sortija heredada de su padre, algún trabajo puntual. y cuando lo llevó todo a aquellas ratas y le dijeron la fecha, menos de una semana después, en lo primero que pensó fue en ella, en Amina, en que nunca más volvería a ver a aquella deliciosa criatura nacida en un pueblecito de costa, que había tenido que mudarse a Rabat con su familia en busca de trabajo.
Se le quitó el sueño. Cuando veía sus ojos le daban ganas de decirle “vente conmigo, escapemos, dejemos esta maldita vida de miseria juntos, que sin ti no tengo fuerzas”. Pero entonces se cruzaba su sobrina, o su hermano, y la mutua mirada de deseo contenido se volvía a anudar en la garganta. Y rápidamente, los cinco días pasaron, y llegó la última tarde.
Habían dado las siete de la tarde, y Yahoub no tardaría en llegar. Apenas dieran las nueve y se hiciera de noche, el señor Ahmed recogería porque no tenían luz eléctrica en el taller. Amina estaba cosiendo un bajo sobre la mesa de la cocina, y él entró. La miró y vio que estaba llorando. Le preguntó “¿qué te pasa?” muy bajito, casi susurrándoselo al oído, mientras le secaba con la yema de los dedos una lágrima cristalina que se había deslizado mejilla abajo. Y ella no pudo contenerse y le abrazó. Y lloró con toda la fuerza que le daban sus pulmones, y le apretó con angustia el pelo, los hombros, la espalda. Y él se dejó apretar, porque el tacto de esas manos de dedos largos y enjutos era lo mejor que le había pasado en mucho tiempo, y la abrazó también. Le mesó el pelo con delicadeza, acariciándole el cuero cabelludo con la punta de los dedos. Pasó la mano por su cabellera, por su espalda, su delicada cintura. La meció como a un niño chico y le dijo “no, mi niña, no” casi deslizándoselo de sus labios al oído, para que no se perdiera por el aire ni una sola de las partículas del amor con que cargaba cada palabra. Le besó el lóbulo y ella lo apretó con más fuerza. Arropó con su boca cada una de las células que componían aquel rostro que conocía de memoria, ansioso por memorizar lo que nunca aún había visto. Ella se abandonó en sus brazos y quiso fundirse en él, porque también ella habría querido dejarlo todo y marcharse lejos, muy lejos junto a ese hombre que ahora le desabrochaba la chilaba para besarle el corazón. Y mientras el sol anaranjado de la tarde entraba por el ventanal de la cocina, Hassan y Amina se hicieron uno, fundiendo sus almas y sus cuerpos con el inmenso caudal de pasión que habían estado acumulando de manera silenciosa y prohibida durante cinco años. Y los gemidos ahogados se disiparon con los últimos rayos de sol.
Cuando a la madrugada siguiente se despidió con dolor de los tres, cada beso fue diferente. El de Yahoub sabía a dolor, por el engaño y por su partida. El de su sobrina sabía a incomprensión por qué se iba su tío con todos esos hombres sin equipaje y sin saber dónde. Y el de Amina… el de Amina le supo a desesperación, a entraña arrancada a la fuerza. Porque fuera donde fuera, y por mucho tiempo que pasara, en el vientre de esa mujer se hallaría para siempre su hogar.
Escrito por yure el 23/10/2008 19:18 | Comentarios (2)
Mañana nos vamos a ver. Estoy tan nerviosa que me tiemblan las piernas. Nos esconderemos en tu casa: cena, vino, velas, un baño caliente, y una eternidad para jugar al cíclope. Y para hundir mi cara en tu vientre, que huele a pan. Creo que estoy empezando a quererte.
Escrito por yure el 20/10/2008 22:32 | Comentarios (2)
Para que luego digas que soy tu niña pequeña, tu juguetito. Tu trocito inmaculado de algodón por el que nunca pasa nada. Claro que pasa. La vida, pasa. Y tú te sientas a tomar café y a destripar, con voz soñolienta, los argumentos de un melodrama de microchips. Eres mortalmente predecible. Anoche me acosté con otro. Solo venía a decírtelo, a decirte que folla mejor que tú y con más ganas, porque no tiene medido cada milímetro y movimiento, como tú.
Iba a decírtelo así, sin más, mientras tomáramos el café de la mañana. Anoche me acosté con otro. Y tú, deshojando la primavera en flor por la sección de economía del día 2 de octubre. Quizá, con un poco de suerte, te atragantes con la magdalena. Así reaccionas y, al menos, toses. Y elevaba mis dedos en sus nalgas sudorosas mientras me devoraba el cuello. Habría disfrutado detallándote el excitante tacto de su rosado glande erecto, para que sufrieras imaginando a tu nenita sobre él, harta de esperar al tuyo. Te ensartaría las palabras por el oído, como los cuchillos de ese truco con cajas que hacen los magos. La imagen de mi lengua en su tórax, unay otra vez serpenteando por tu consciencia. Y contarte que no pensé en ti, sino en mí; que me sentí muy mujer y muy satisfecha en mi cuerpo cuando me llevó al orgasmo, y que dediqué mi grito de victoria a la represión que hace más de un año tú provocaste. Pero he decidido no decírtelo, porque su semen me lavó los ojos y me hizo ver que soy una mujer increiblemente poderosa. Ya lo descubrirás cuando me haya ido y leas esta carta.
Escrito por yure el 02/10/2008 00:03 | Comentarios (2)
Dicen que hay un considerable número de mujeres que desean que las azoten. Respetables amas de casa, trabajadoras dignísimas con su traje de chaqueta, madres hastiadas, novias recatadísimas, amigas, hermanas. Más de las que cabría pensar. Y ellas se sonrojan y lo niegan poniend el grito en el cielo, con su Paco en el sofá, mirando el fútbol. Pasan por las tiendas de cuero y las miran de reojo. Quizá hasta reniegan de ello, y denuncian a gritos la desvergüenza para bochorno de sus amigas. Muchos suspiros castrados, en la España del s. XXI.
También dicen que hay hombres que desean zapatos. De tacón, altos, brillantes. Para lamerlos, frotarlos o lucirlos en sus sólidos pies de padres de familia. De estudioso y recatado muchacho, experto en música, de respetable abuelo de una preciosa niña con coletitas rubias. Pero nadie lo dice.
Y homosexuales que sueñan con placeres heteros, y prostitutas que sueñan con poemas y velas, y novios que sueñan con el mejor amigo. Y todos callan. Y les colocan esos zapatitos que usan las chinas para reprimir el pie, pero en el alma. Y en vez de problemas de huesos, los tienen de corazón, de felicidad y de falta de vida. En esta España tan moderna, que ya tiene tele con plasma. Hay que ver, lo que callan los labios.
Escrito por yure el 04/09/2008 21:29 | Comentarios (0)
Estaba enamorada del chico de su amiga. Así que un buen día, hastiada de sufrir por dentro, clicó copiar-pegar. Y ahora, con sendos amantes calcados, ya ninguna tiene celos.
Escrito por yure el 03/09/2008 15:27 | Comentarios (0)
Cos daurat. Cos amb pell de faraó, de déu egipci, de amo del desert y senyor de la sorra. Ulls negres, pell nua amb olor a calor humà que prové del seu ventre, la seva nuca i el seu sexe resplendent i sucós. Estès sobre eixa llarga i solitària banda d’arena que li acarona la pell amb els seus petits grans d’or com un miliar de dits infinits, ràpides, amb ànsia d’arpar-li de molt dins eixe gemec plaent que sortirà pels seus vermells i apetibles llavis amb semblança de maduixa madura.
Un mar, un infinit de partícules tan màgiques que tinten el seu color del mateix reflex del sol ataronjat del vespre, que el furten com si foren xiquets juganers i envejosos de la lluentor de la seva desitjable pell. Ballen la dansa del capvespre dibuixant espirals en la seva esquena, abraçant-li els músculs, la carn de les espatlles, els bíceps, el melic, les natges, els genolls, els peus. Dibuixen una perfecta coreografia fent veure que busquen, però sense voler acabar de trobar mai.
S’han enamorat. Ni tan sols la platja pot resistir-se a fer-ho, quan el meu déu egipci frega el seu cos contra ella.
Escrito por yure el 24/08/2008 17:11 | Comentarios (0)
Medirte con la lengua. Saborearte con ansia, clavando los dientes, como si te fueras a acabar. Llenarte de mi saliva hasta que te escurras entre mis dedos, como los peces plateados. Y los minutos se paran, se eternizan, y las saetas del reloj bailan mi danza de lobo hambriento.
Miedo, miedo, miedo. Miedo de mí, de descubrirme, de desbordarme. De saltar. ¿Miedo de qué? De dejar de tenerlo. La conciencia, lo correcto, los excesos pasados, las cosas que nunca hice, las que nunca debí hacer. Y de vez en cuando se me cuelan entre las sienes y me hacen sentir muy niña, muy frágil, como buscando un regazo en el que llorar. Y los peces plateados, que no bailan a mi ritmo. Y por más que me empeño, no encuentro la melodía adecuada.
Peces de colores, peces escurridizos, peces inventados, peces que se reflejan en el espejo del baño cuando nos miramos fijamente al centro de los ojos. Y la clepsidra va cayendo, desbordando las gotas. De la jarra a la boca, de la boca a los labios, rojos, calientes contra el agua tan fría, y de ahí a bordear la comisura. La barbilla, el cuello, y cierro los ojos (me hace cosquillas). La clavícula, el pecho, los senos. El pezón, siempre tan rosa, ahora marrón y encogido. La tripa, el ombligo: se cuela dentro y me da un escalofrío que me llega a las ingles, a la espalda, a las piernas. Y ahí se queda, jugando en su curva, hasta que poco a poco se evapora.
Sueño que se forma una nubecita, y que va navegando como un barco velero por la ventana, por las calles, las ciudades, hasta llegar a tu casa. Que se cuela por tu ventana, y se mete en tu aposento. Se pasea, juguetona como un niño chico, para llegar a tu nuca, y condensarse en tu espalda. No sé si era esto lo que me enseñaron en la escuela como el ciclo del agua…
Escrito por yure el 08/08/2008 12:38 | Comentarios (2)
Me huele a ti la tripa, el verano, el sol de mediodía. Los helados, los olivos del monte Etna, el sol de la Toscana. Los isleños de torsos desnudos que convierten a Lolita (mi dulce y pecaminosa Lolita) en una sumisa ama de casa. Los ansiosos lobos europeos que desaparecen con el próximo avión. El placer, la piel, los cuerpos. Las gotitas de sudor que perlan tu torso. El verde entre las carreteras, el fondo del océano. La tierra que ruge, húmeda y salvaje, y hasta el calor que desprende mi cuerpo.
El helado es más sabroso antes de llevarlo a la boca, cuando lo lames con los ojos. Lo mejor del placer es el deseo.
Escrito por yure el 08/08/2008 12:20 | Comentarios (0)
Aquella tarde, como todos los sábados, Caperucita cruzó el gran bosque para llegar a casa de la abuelita. Aunque sabía de sobra que a aquella hora la abuelita estaba fuera, en su partida de mus con el leñador y un par de guardabosques que frecuentaban la zona. Al llegar a la curva del gran roble se le dibujó una sonrisa predictora, fruto de aquella costumbre que tanto la complacía y que había acabado con su aburrida monotonía en la aldea.
- Hola, Caperucita, ¿dónde vas tú solita por este bosque tan oscuro?
Sabía que al lobo le encantaba aquello. Así que le complació, como siempre:
- A casa de mi abuelita. Y mi mamá me ha dicho que no hable con extraños…
- Pero yo no soy malo, caperucita, es cierto que soy un lobo, pero un lobo bueno que no va a hacerte nada…
Caperucita sintió una decepción dentro de sí, ¡¿cómo que nada?! Al lobito le estaban empezando a pesar los años. Así que se desvió por el camino largo, a dejarle a la abuelita la comida del domingo, que siempre se le alargaba la juerga y luego solo comía precocinados. Con sus años debía cuidarse más, no tenía el estómago ya para trotes.
Cuando llegó a casa de la abuelita vio sobre la cama al lobo muy bien disfrazado con el camisón violeta, y se volvió a animar.
- Qué brazos tan grandes tienes, abuelita…
- Son para abrazarte mejor, Caperucita
- ¡Y qué ojos tan grandes tienes!
- Son para contemplarte mejor, nietecita mía.
- Y la boca, abuelita, qué boca tan grande tienes…
- ¡Es... es para comerte mejor!
Y Caperucita sonrió, lujuriosa, mientras Marcos López, alias “el lobo”, la devoraba una vez más.
Escrito por yure el 01/05/2008 22:16 | Comentarios (1)
No era tan dura. A veces, por la noche, se encerraba en su habitación con la luz pequeña, frente al espejo. Se desabrochaba la blusa, poco a poco, de abajo a arriba, muy despacio. Imaginaba que él estaba detrás, rozándole la espalda con el torso. No era un él concreto, sino otro irreal, falso, aquel que nunca llegaría. Se acariciaba el cuello, los brazos, la tripa, los pechos gemelos, redondos, tibios y blancos.
Se acordaba de los momentos de intimidad, y comenzaba a llorar muy despacito, acunándose a sí misma, obligándose a olvidar todas sus ganas de tenerle. Se metía a la cama y se arropaba muy suavemente, dándose un beso muy dulce en la frente.
Y se contaba un cuento. Uno de esos para dormir, dulces, de hombres con corazón y mujeres amadas. Uno en el que él no la hacía daño y en el que jadeaba en vez de suspirar. Y se dormía entre los brazos invisibles de su amante que no existía. No es que fuera seca, solamente estaba quemada.
Escrito por yure el 24/04/2008 18:17 | Comentarios (0)
Son los besos de los pobres, los que se dibujan en los ojos y se dan con la mirada. Imagino tantos para ti que se me desgastan los labios del alma, y cuando desapareces, desolados, ya no me sirven para sonreír.
Escrito por yure el 12/03/2008 01:47 | Comentarios (1)
Placer. tu piel que se activa. Tus dedos recorriendo mi espalda, mis nalgas, mis piernas, y tú y yo en un infinito dibujo de caminos, trazo de mapas ilegible que solo tú y yo sabemos leer, que solamente juntos podemos caminar.
Una eternidad a tu lado, pegada a ti, dentro de ti. Y nos convertimos en serpientes de sinuosos retorcimientos, en creadores de deliciosas arquitecturas efímeras que se rompen en el culmen de nuestra sublimación. Como un cristal, como una copa de vino que se rompe y se derrama, deliciosamente juntos, deliciosamente solos, en la espiral de nuestros sentidos.
16-02-08. Tren Brujas-Bruselas.
Escrito por yure el 19/02/2008 15:26 | Comentarios (0)
El pequeño cefalófago se despierta de madrugada. Levanta con lentitud sus posaderas y agita sus patitas traseras, frotandoplacenteramente la una contra la otra. Se despereza y se yergue, estirando todas sus vértebras y haciendo un ruidito (“hmm..”) de placer. El cefalófago medio, de tamaño comprendido entre los 1650 y 1850 cm, se puede ver claramente ejemplificado a la hora del café, cuando suele tener entre sus patas delanteras –que no usa para su apoyo, sino como herramienta de manipulación- celulosa manipulada en la que se han depositado manchitas de tinta que el cefalófago, hábilmente, interpreta.
No es hasta después de la ingesta rutinaria de cafeína –sustancia muy apreciada entre el cefalófago de edad adulta- cuando el cefalófago sale del estado larvario en que la hibernación diaria le deja, y experimenta su desarrollo a cefalófago medio-grande. Entre las familias de cefalófagos, jerarquizadas en enrevesadas estructuras de poder, es terriblemente difícil este cambio en especial, hecho el cual ha llegado a crear una subespecie denominada “cefalófago frustrado” que se deriva, a su vez, en varias ramas (ordenadas jerárquicamente de menor a mayor estado de desarrollo): rebelde -que evoluciona a disidente en su etapa adulta-, eremita y líder de la oposición.
El gran cefalófago, el más conocido entre los ciudadanos y protagonista de numerosas leyendas urbanas, presenta miembros claramente desarrollados, traje corbata y cubertores de las extremidades traseras recubiertos de cuero en su mayoría negro. Su hábitat natural es el despacho u oficina, progresivamente más lujoso cuanto más se desarrollan sus facultades. No debemos caer, ante el tratamiento con esta especie, en ninguno de los dos extremos habitualmente adoptados por el ciudadano medio: ni en la completa ignorancia e indiferencia, ni el sometimiento resignado. El gran cefalófago, plenamente desarrollado, debe su nombre a la manipulación parásita de las cabezas humanas –elemento fundamental en su dieta-, tragando todo aquel pensamiento independiente o lúcido y sustituyéndolo por una mezcla de heces y saliva que se ha dado en llamar “cultura popular”.
En su condición de parásito, el cefalófago ha llegado a constituir una poderosa plaga difícil de erradicar en nuestra sociedad. Se ruega alejarse de cualquier foco de contacto, y ante la más mínima duda de posible infección acudir al punto de lectura más cercano.
Escrito por yure el 12/02/2008 20:27 | Comentarios (1)
Qué fácil es ser apoderado. Y vender a tu torero, y ver los toros desde la barrera, y tocarle el culo a la novia del torero cuando estána buenas, y tocárselo también para consolarla cuando la deja, porque es un cabrón. Pero nunca sobárselo. Eso es lo malo de ser apoderado, que uno se contenta con una palmadita, con ese pequeño instante de contacto entre ése ser admirado y uno, con sus patillas y su puro, que me cago en la puta, cada vez sabe más amargo.
Pero qué fácil es ser apoderado. A veces, cuando tu torero hace la mejor faena, tú te maldices por no estar allí, con el traje de luces y el pelo engominado, con todas las mozas de mantilla llorando porque te estás dejando la vida delante de un toro; te maldices por estar tras la barrera, por no sentir la adrenalina al jugarte el pellejo. Pero eso es sólo un momento, luego, cuando el muchacho la borda, tú lo coges en hombros y da igual quién haya sido, los dos rodeáis la plaza, y a los dos os aplauden las mozas de mantilla. O quizá no os aplauden a los dos.
Pero qué fácil es ser apoderado. Y fumarte puros a la salud del muchacho, y muy a su salud, apoderado, porque si en la próxima plaza un astado le atraviesa el alma, no sólo la sangre correrá por la arena,también las lágrimas de las mozas acompañarán su caída. Sin embargo, si tu caída es tras la barrera, no parará tu torero ni correrán lágrimas de mozas de mantilla, y tu sangre rodará sola, apoderado, sola y sin arena.
Escrito por yure el 31/01/2008 03:01 | Comentarios (0)
Huele a pan. Algunas noches noto el fantasma de sus labios contra los míos, fuerte, muy fuerte como si fueran una maldición; hoy no. Hoy no es de noche, quiero decir: el sol entra a raudales tratando de calentar mi morada, y le extraño. He lamido demasiado su ausencia. Por un momento quiero cerrar los ojos y sentirme libre. Escapar de él y de su deseo. Pienso en los niños: me gustan los niños, siempre huelen bien aunque se ensucien. En la silla está todavía, completamente desordenada y haciendo milagros para no caerse, mi ropa de ayer. Huele a mí, pero no está sucia. Quizá un amante etéreo gustase de pasar su nariz sobre ella y aspirar muy fuerte el olor de mi cuerpo, inundándose de nostalgia. Debe estar sabroso ese pan caliente, ¿de dónde será? tiene que ser un hogar, de los de verdad: tan cálidos y acogedores. En una casa que huele a pan recién hecho una no se debe sentir sola. Sobre todo si lo hornea el ser amado. Pienso en él, con su torso desnudo y la frente manchada de harina. Sería tan apetitoso comerlo, untado en chocolate... Por las noches suelo pensar más en su tripa, que también huele a pan. En cómo debe ser hundir también mi rostro en ella y notarla calentita y acogedora, siempre dispuesta para mí. Siendosinceros, claro que las cosas sin él tienen sentido. Pero le echo de menos. A él, a su olor a pan y al chocolate. El sol no calienta, como todos los soles de todos los días de Soria. Lo justo para hacerte ver el hielo de las calles y añorar los días cálidos, los de besos y hogar. Está demasiado lejos. Su corazón del mío, quiero decir, 5 horas no son tantas cuando se echa así de menos. ¿A qué olerá su casa? ojalá huela a él y me esté esperando. Ojalá busque, entre los dedos, sumergidos en masa doradita, el olor de mi vientre desconocido, el sabor de un hogar que fecundar. Por la noche echo más de menos al amante: ahora siento la cruda necesidad de los labios de un compañero. Qué difícil es quererle. Y cómo duele en las mañanas con sol.
Yure. 6-1-08.
Escrito por yure el 06/01/2008 19:13 | Comentarios (0)
Ansia de ti, de tu boca. De tus dientes que me devoren, benditos mordiscos que claven sus incisivos en mí y recorran mi carne. Ansia de tu lengua lamiéndome, de tu saliva lubricándome. Ansia de tus dedos taladrándome, de tu aliento en mi oído. Necesidad de tu piel frotando la mía, una y otra vez. Obsesión con tu lúbrico y pétreo falo que horade mis entrañas. Pienso en ti, de manera irracional. Te busco con la lengua, inconscientemente chupo mis labios, muerdo mi dedo, lo huelo para percibir el aroma de la piel, del calor corporal. Vuelvo a pasar, libidinosa, la lengua sobre ellos. Los muerdo, noto cómo la sangre se activa. Mi cuerpo ruge desesperado, gritando tu nombre, y no puedo más. Se me nubla la vista: deseo tus uñas sobre mis hombros, tu peso aprisionándome. Tengo demasiado calor, estoy demasiado sola, tengo demasiadas ganas de ti. El tiempo se hace eterno, y esas malditas agujas del reloj hacen que la humedad que se desliza por mis piernas se convierta en una tortura. No puedo aguantar más, se va a dar cuenta todo el mundo, inconscientemente me he empezado a balancear adelante y atrás; ya no puedo más, solo una breve, una minúscula escapadita al baño...
Yure. 3-1-08.
Escrito por yure el 05/01/2008 20:37 | Comentarios (1)
Cuando sobra ensalada, porque tú no comes conmigo, el vinagre se pone malo y estropea las verduras. Cuando inconscientemente parto tomate para dos y le echo el aceite por encima sé que se va a poner malo en la nevera, pero aún así lo arreglo y lo preparo con esmero, y me miento por un instante y me prohíbo pensar que tú no estás en el comedor, esperándome. Esa sonrisa con olor a lechuga me inunda los ojos, y por un momento me siento alegre y con olor a verano y a ti. Recién cortada, en el cuenco, está preciosa. Los colores se entremezclan gritándole al mundo que están vivos, y yo quiero gritar con ellos. Así que me encamino al comedor, y justo antes de cruzar el umbral me da un vuelco el corazón, como siempre que te voy a ver. El pulso se me dispara y me siento tremendamente excitada, me gustas tanto... Pero entonces cruzo la puerta, y veo la sala vacía, y me sirvo la ensalada y sobra la mitad (tu mitad). Así que el ánimo se me espachurra, como la ensalada con el vinagre, y me dirijo a la cocina. Abro el cubo de basura y vuelco en él mis esperanzas, sentimientos y tu parte de lechuga. Y me siento estúpida, haciendo ilusiones para dos, cuando sé firmemente que a mi mesa sólo me voy a sentar yo...
Escrito por yure el 26/05/2007 16:41 | Comentarios (3)
No son tus labios, pero se parecen. Si cierro los ojos puedo imaginar que su sabor es aquel que tanto echo de menos. Corren por mi boca fugaces y maravillosos, y puedo creer un momento de felicidad perecedera si consigo acallar un poquito las voces de mi mente. O quizá toda la felicidad es perecedera, y aquella eterna que sueño junto a ti es imposible.
No son tus brazos, pero emiten un calor parecido. Me abrazan y me siento protegida, y sé que nadie va a dudar de ello, porque qué sentido tiene dudar ante la evidencia. Los noto fuertes alrededor de mi torso y me imagino junco, y dejo que me cimbree como el viento de la primavera. Él salvaje, yo todavía verde. Dejo que me bailen toda entera, y que me mezan a su antojo. Quizá -solo quizá- como tú, y si cierro los ojos puedo llegar a atisbar una semejanza entre su cuerpo y el tuyo.
Pero su alma no se parece. Es opaca, y cuando me miro en ella no veo un universo rico, sino un archivador por orden alfabético. Y en sus ojos no veo el mundo en el que me muero por internarme, sino dos objetivos de cámara, de las de un solo uso. Y echo de menos el sentirme libre, como junto a ti, y entonces sus brazos me pesan sobre el cuerpo como dos enormes cadenas de ancla. Y me ahoga su torso y me quema su calor. Y comienzo a sentir claustrofobia, dentro de un alma tan pequeña. Y echo de menos la otra, la lejana, la tuya. Sus galerías y jardines, y su luz de sol radiante, esa que nace de muy dentro, del centro más recóndito de tu alma. Y sus labios son como un caracol con baba corrosiva que va surcando mi piel de llagas. Y entonces, pese a estar entre sus brazos, me siento sola, muy sola. Y hago otro añico de mi ajada alma en un nuevo intento por buscarte en él, y me sumerjo en su cuerpo como un perro herido que busca que le curen las heridas. Pese a que sé que no te voy a encontrar, y que me voy a seguir quemando.
Escrito por yure el 10/05/2007 14:31 | Comentarios (0)
Hoy he ido a la playa. He soltado mis cabellos y, de cara al mar, he abierto los brazos y el alma para que la brisa de olor a sal y gaviotas me inundara. Es tan bello y sobrecogedor, el nuestro... me siento frente a él tan pequeña e insegura, y a la vez tan reconfortantemente impotente...
He imaginado – deseado, más bien – que soy la playa; y me he sentido extensa, dorada, fina y caliente por los rayos con que el tímido sol de abril me empieza a acariciar, rotunda e infinita, tan simplemente compleja...
He arrimado mis pies al mar, a esa zona donde llegan los últimos lengüetazos de ola y siempre está húmeda, y he sentido – nuevamente el deseo – que el mar eras tú, y que jugabas conmigo a lamerme las piernas, tan húmedas presintiéndote, y te deslizabas poco a poco, yendo y viniendo a mi piel, aumentando el ardor como le sucede a la playa – yo – según avanzan los fecundos días de primavera. Me he extendido, deshecha en arena, para abrirme a ti, mientras tú – tus dedos infinitos, tu precioso cuerpo rebosante de húmeda fertilidad – escalabas por mí poco a poco, matándome de deseo en espera de la noche, cuando la marea te trae hacia mí y te introduces en mis entrañas, y vuelves a salir, y vuelves a entrar en un delicioso e infinito lamer de olas que me penetran y hacen sentir tu fuerza, regalándome todo tu poder al romper pleno en mí, eterno y deseado mar de mi anhelo.
Y he guardado tus secretos, tus caracolas, tus trozos de alga, muy escondidos en mi interior en una complicidad deliciosa cuando te has ido, regando mis doradas piernas con un manto de blanca espuma. Te has despedido con un guiño y me has dejado, satisfecha, a la espera impaciente – siento, plena, mis límites cuando me extiendo en los tuyos, alcanzando en tu agua, como playa, mi placentera totalidad – de la siguiente noche, cuando volvamos a estar solos y la luna, dichosa cómplice, te ayude a escalar por mis piernas, para apagar el calor que acumulo durante el día, sedienta de ti.
Al despertar de mi sueño – deseo – la brisa me anegaba, despidiéndome del mismo sol, la misma arena, la misma agua que comparte tus días. Y me he marchado con la tristeza del que se aleja de un amigo, dulce por el recuerdo y amarga por la añoranza. Qué perfectamente bello es este mar nuestro.
Escrito por yure el 10/05/2007 13:50 | Comentarios (0)