El regreso es una palabra teñida de melancolía. El regreso se anuncia con sonrisas a medias, con crepúsculos quizá dorados, con suspiros que son broches que son recuerdos hechos trenzas. El regreso se trastoca, se inventa, se falacia. El regreso hiere al hueso sin carne, a las viejas cicatrices. Un regreso nunca será un día con flores, si no son ésas que uno encuentra, gordas y obituarias, en el lecho de los muertos. Regresar es irse más, romper el ciclo, desvincularse convencido de una realidad que ya no nos pertenece. El regreso es ahogo en pleno día, el regreso es llanto. Y si hay algo más que brote tras el regreso, es el canto del cisne. El sordo y ronco estertor del cisne.
Escrito por yure el 27/01/2012 01:44 | Comentarios (0)
María siempre dice que es costurera, le resulta más fácil así librarse de las vecinas molestas que preguntan por qué entran y salen tantos hombres a su casa. Hace trajes, de este modo las contenta y le dejan un poco en paz. Aunque en el fondo todas murmuren, todas lo sepan. María se gana la vida así, en el cuartito de costura donde nunca ha llegado a coser nada – quizá, si acaso, alguna liga rota, algún botón que se le cayó del uso – subsanando esa carencia de amor, y a veces de otras cosas, que tantos respetables hombres de la sociedad, dignos padres de familia, traen arrastrando a que María se la subsane. Tiene preciosas tarjetitas donde anuncia que cose bajos, arregla pantalones que aprieten y hace trajes a medida. Obviamente, las tarjetitas van de mano en mano; y obviamente, todo el que aquí viene lo hace por recomendación.
Pero un día, un pobre iluso viene al taller de costura. Como es lógico, lo de iluso no se percibe tras un primer vistazo – ojos claros, pelo castaño, brillo de ilusión en la mirada–, y lo único que llega a percibir María es un poco de fetichismo en el juego de roles que desempeña. Cumpliendo con su papel, se arma con el metro de modista y, “ahora un brazo, ahora el otro”, se acaba colando bajo su chaqueta. Sí nota que este hombre no tiene alianza, como los otros, y que la trata con más cuidado. La besa como quien coge con las manos una paloma viva, con fascinación, con dulzura, observando venerante aquella cintura de blanca piel desengañada. La lleva a la cama y, tras una actividad inusual que podría describir más como agradable que como rutinaria, le habla en términos que María no conoce: no menciona dinero, sino cines. Parques, paseos en los domingos, un cafetín en el centro donde hacen unos buñuelos riquísimos. Y María se da cuenta del engaño justo a tiempo, cuando ya estaba empezando a dejarse querer por ese iluso que se ha creído que ella era de verdad una modista. Y le saca las 25 pesetas de rigor, y le echa de casa.
No es hasta que se deja de oír el ruido de las pisadas – la mañana, plomiza, se cierne sobre el viejo pisito como una condena – cuando a María le hieren las caricias perdidas y comienza a llorar despacito; y se da cuenta demasiado tarde de que de los dos, la ilusa era ella.
Escrito por yure el 16/11/2011 16:33 | Comentarios (0)
Qué pudor, señor, expresar mis inseguridades post-adolescentes en una poesía todavía no suficientemente fundamentada en un respetable currículum de golpes vitales. Cómo enseñarle a usted un poemario que habla de mí, de mis llantinas (porque usted lo sabe, sí, mis poemas hablan de mí y lo demás se lo contamos a los profanos para que nos miren con la boca un poco abierta y nos dejen llorar tranquilos en nuestros octosílabos asonantes).
Qué pudor, señor, cómo me puede pedir esto, contarle que aquel chico tal, o que la crisis cual. O que me obnubila Cernuda. Es demasiado íntimo, sabe usted, contarle que aquel poema me gusta porque fulanito me lo recitó y a mí, verá, siempre me han ganado con esas cosas. Y usted sabe que estoy hablando de mí, de mí, de quién si no. Quizá alegue que de una experiencia imaginada, o de todo aquello que leo. Pero sabe usted, señor, que incluso los grandes hombres de las bellas letras son pequeños llorones en el fondo, exactamente igual yo.
Y si no hablo de mí, si resulta que me lo invento, tanto da. A usted, a fin de cuentas, no le influye para seguir imaginándome como una trasnochada soñadora deseante. ¿O acaso cree que no miento también en prosa?
Escrito por yure el 31/10/2011 18:24 | Comentarios (1)
Ahora mismo me abriría de ojos. Dejaría que me penetraras lenta, intensa, ardientemente con los tuyos. Que me acariciaras la imagen con tu mirada que destila un fuego que casualmente arde a la misma temperatura a la que aquí me abraso. Ahora mismo gritaría sin palabras que quiero olerte muy de cerca, morderte las mejillas, arrancarte esa hilera de botones que me está sacando de quicio. Tirarte de los pelos. Destrozarte el tupé. Tirarte sobre una de esas mesas y saltar sobre ti como un animal salvaje, como una posesa, como una enferma. Jadear con tu sudor entre mis dedos. Tirar por el suelo los vasitos de café, los apuntes, las mochilas de los otros. Ahora mismo dejaría que tus palabras se deslizasen por mi oído tan dulce como pecaminosamente, y las sentiría resbalar libidinosamente por el tímpano para abajo, hasta ese punto justo detrás del ombligo que ahora mismo se ha convertido en el eje de mi cuerpo.
Aunque aparte la mirada, y respire hondo para contenerme y no saltar.
Escrito por yure el 03/06/2011 20:02 | Comentarios (1)
Tiene todo lo que podría necesitar. Una casa, una familia, una paga mensual, un babero, los pies atados para que no se le salgan de la silla. Unas gafas de montura de plástico, por si con una sacudida se le caen. La rehabilitación dos veces por semana, la piscina, el grupo de teatro. Su hermana, que se la lleva a veces de paseo.
Le gusta arreglarse los sábados, cuando va al grupo de ocio. Porque allí ve a Toni, un monitor que le hace sentir calores por todo su inacabado cuerpo. Con su trenza y su vestido, le cuesta hasta hablar, de lo nerviosa que se pone. Aunque, sinceramente, ni siquiera cree que él note la diferencia.
Y se hace la pobrecita, para que Toni venga a abrazarla. Se da un poco de asco a sí misma por parecer tonta para dar pena cuando solamente es paralítica; pero si se mira, piensa: ¿qué posibilidades tengo yo de que ese pedazo de tío me desee, cuando no tengo ni los genitales bien formados?
Escrito por yure el 11/05/2011 00:37 | Comentarios (0)
Al viejo Andreas Papadopoulos no se le empina. Eso es un hecho, y lo tiene que asumir. Es la edad, y esa maldita enfermedad de gota que le impide agacharse o estirarse en condiciones. Practicar sexo, imposible. Cómo dar aquellos brincos de tiempos ha, aquellas piruetas, aquellas figuras imposibles que tan alto dejaban el nombre de Grecia en el mundo del amor. El viejo Papadopoulos se pone melancólico mientras recorre, lenta y pesadamente, el trayecto que lleva de su casa a la fábrica que hace 60 años fundó. Recorre el camino haciendo una especie de música o percusión con sus pies y el bastón. Y cuando llega a la fábrica, se alegra de que siga aún en pie y que dé trabajo a tanta gente, con la que está cayendo. Se acerca sólo por gusto, por ver que todavía sigue en pie, por meter la nariz. Es su sobrina quien la dirige, claro, él no está ya para esos trotes.
El viejo Papadopoulos, dueño de una fábrica de calzado, contra todo lo que pueda parecer, es feliz. Le gusta ver que el limonero de su patio da frutos, que su fábrica sigue haciendo cosas buenas, y llevarle flores a la tumba de su mujer. Elenimou, la pobre. También le gusta el café espeso, y el buen comer. Pero más que comer él (que por supuesto, Papadopouloses un sibarita), lo que al viejo realmente le gusta es ver comer a la gente. A las mujeres, sobre todo; a esas mujeres tan griegas, morenitas y sin curvas, tan difíciles de encontrar, que si uno mira de lejos, no sabe si son jovencitas o efebos. El viejo Papadopoulos se sonríe, qué más griego que eso.
El viejo descubrió a una de esas chicas por casualidad, una tarde mientras paseaba por el parque. Se le cayó el bastón, y una muchacha desgarbada, vestida demasiado vulgar y provocativa y sin ningún tipo de curva, se le acercó insinuante: “¿quieres que te levante el bastón, abuelo?” Se llamaba Sofía y hacía la calle desde no demasiado tiempo atrás. Al viejo le encantó su tosquedad, su manera de ser tan básica, como si todo conocimiento, elegancia o preparación estuviera de más. Su indefinición, tan deseable para aquel hombre que nunca se había acabado de decidir sobre si era gay o no. La citó para el día siguiente, y la aleccionó sobre cómo debía vestir. Zapatos, claro está, pero ropa muy básica, muy tosca. Casi de chiquillo.
Y así se vistió la buena de Sofía , y se presentó en la plaza de Syntagma más fresca que una lechuga. Con la cara lavada, y espectante ante los deseos de aquel viejo tan extraño. Se la llevó al hotel Grande Bretagne, nada menos – qué raros son estos viejos –; y la buena de Sofía, que no había estado nunca en un lugar como aquél, alucinó por soleares: cuánto lujo, cuánta cosa. Ella no se percató de que desentonaba, porque una chica como ésas no se da cuenta de la mayor parte de las cosas, pero el viejo sí. Y le encantaba. Con los ojos entrecerrados (cosa de la gente que disfruta) y totalmente rempantingado en su butaca, el viejo se dispuso a pagarle a aquella chica lo que quisiera.
Le pidió dos grandes bandejas, una de ensalada con arroz y la otra con un plato de carne. Para este tipo de chicas, las 8 de la tarde es una buena hora para comer, teniendo en cuenta su horario laboral. Y el viejo se hinchaba de placer, y se ponía todo rojo del gustazo de verla devorar con ansia sus bandejas, en medio de tanta sesentona finoli de ésas que tanto le recordaban a su mujer, a su pobre Elenimou que, Dios le perdonara, era una remilgada. Y le mandaba dar paseos, para mirarle el culo aquel sin forma embutido en unas cutrísimas mallas rojas y posado sobre unos zapatos que Dios sabe de dónde los había sacado, para que les preguntara cosas tontas a los camareros, al maître, para que quedara obscena de tanto desentonar, y luego volviera para seguir devorando aquel filete que podía haberle costado al viejo 50 euros,y con gusto los pagaba, a cambio de sentir aquel cosquilleo por la nuca cada vez que la muchacha se lanzaba sobre el plato. Cuánto le ponía al viejo tanta transgresión junta de aquel mundo estúpido que tanto había encantado a la buena de su esposa.
Sí, el viejo Papadopoulos es impotente. De eso no cabe la menor duda. Pero cómo disfruta de las pequeñas parafilias de la vida.
Escrito por yure el 08/05/2011 12:36 | Comentarios (0)
Siempre se duchaba siguiendo el mismo ritual. Suavemente. Empezaba por los pechos generosos sosteniéndolos sobre sus manos, por arriba, por abajo, haciendo círculos en torno a la aureola. Primero el izquierdo, luego el derecho. Siempre, siempre igual. La cara, la tripa, los brazos. La difícil e inexpugnable espalda, estirando bien las puntas de los dedos para alcanzar los bordes de la esponja. Los muslos, las rodillas, los tobillos tatuados, las ingles. Las caderas redondas y perfectas, tan deseables, tan suavecitas. Los alrededores del sexo. El enhiesto y doloroso sexo con su cabecita, su piel, que lavaba cuidadosamente. Los testículos, todos rasurados. El perineo.
Siempre se acababa excitando, y solía masturbarse en ese punto, mientras dejaba actuar el suavizante en su media melena pelirroja. No le gustaba, porque ésa no era la manera en que se masturbaba una mujer. Sobre todo, desde que había visto Lucía y el sexo, en aquella imagen. Aquella chica tan morena y tan perfecta, convulsionando de placer al contacto de un chorro de agua. Tan pura. Tan pura. Tan distinta a ese híbrido que nunca dejaría de ser. Entonces se lavaba fuertemente la palma de las manos, los testículos, el pene, casi con violencia. Con ganas de borrar lo pasado. De que por fin fuera un clítoris, y ella pudiera tener hijos, y nadie recordara nunca que cuando era niño se llamaba Marcos y lloraba por las noches soñando con su príncipe azul.
Escrito por yure el 02/05/2011 02:41 | Comentarios (0)
Si tengo que elegirte, te elegiré salvaje. Indómito y libre, como cuando eres mío. Rebelde y solidario, terriblemente consciente. Soñador, cuando se debe. Si tengo que elegirte, lo haré serena, estable, terriblemente enamorada. Dueña de una vida pletórica, sin tiempo que, desesperada, rellenar. Pasional y apasionada a unos labios que busquen los míos tras los rincones de un mundo que no es ya nuestro - de un nuestro impersonal que tiñe todo de ese rosa con el que se solapan las miradas como cemento armado – pero que nos cobija con la pasión y dulzura que sólo nosotros podemos destilar, como aquel que hace arte, de manera gratuíta e inútil, sin esperar nada a cambio sino la felicidad derivada de su propia contemplación.
Si tengo que elegirte, no quiero que me compres flores un 14 de febrero, pero quiero que me despiertes por sorpresa acariciándome con una rosa de las que tanto me gustan, un día al azar, cuya fecha ni tú ni yo recordemos pasados unos años. Reservar un vuelo a Taiwán porque el sueño de tu vida era estudiar su escultura y residas allí unos meses. Despedazarme entre tus garras con los golpes de tu pelvis, aún en la primavera de un 2036. Llamarte ansiosa porque quiero hablar contigo de mi última creación.
Si tengo que elegirte, no quiero elegirte porque el amor no se elige. Preferiré que sea el destino el que nos elija a los dos.
Escrito por yure el 27/04/2011 17:08 | Comentarios (0)
Has tenido poca vida, pero cómo te has portado: tres días en mi mochila, dos tapergüers superados. ¡oh, cuatridente insigne, oh, tenedor de plástico! Y al sentarme en la marquesina y apoyarme en el respaldo has exalado un crujido, te han podido, te has quebrado. Oh, potencial asesino, oh, alimentador básico; el cielo te reserve dichas de cocidos y estofados.
Escrito por yure el 23/03/2011 22:56 | Comentarios (2)
Aquí van las palabras que nunca te digo. Las que se me meten en la cabeza, y me hacen un dique en el pecho. Las que me hacen llamarme idiota a mí misma. Las que muestran mi debilidad.
Las malditas, las ajenas, las cobardes. Las que pierden deliberadamente mi escaso tiempo de vida, las que me hacen quedarme con ganas de más. Las que, a fin de cuentas, sólo me atan a mí misma.
Aquí van las palabras que nunca te digo. Las que se me asoman a los labios cuando sonríes así, cuando me dices “adiós” a los ojos. Las que querría reír en algún sitio no muy lejano a tus brazos. Las que me hacen errante. Las que nunca me olvidan. Las que nunca me dijiste, allá cuando te soñaba en voz alta. Las que nunca, lo sé cierto, te diré.
Escrito por yure el 15/02/2011 22:02 | Comentarios (3)
Maldecir las cosas básicas, como si eso fuese a cambiar algo. “El mundo es más amable con una mujer bonita”, y me pregunto por qué. Porque solamente somos animales, quizás. Porque nadie dijo que la vida fuese justa, y quizá no exista la persona perfecta, ni la vida ideal. Maldecir las cosas básicas porque somos débiles, gordos, flacos, testarudos, porque nos han hecho daño, porque no nos han hecho nada y nos sentimos vacíos. Por nuestras tentaciones, por nuestros vicios, por nuestras soporíferas rutinas. Por aquello que cambia de un día para otro, muy callado, casi sin notarse o a gritos atronadores de esos que lo inundan todo.
Quejarse porque en medio de tanta gente nos sentimos vacíos, porque no hemos amado, porque a fin de cuentas, el futuro era esto. Agradecer al destino, o al azar, o a lo que quiera que sea el poder compartir esto contigo, y recordar aquel día en que nos preguntamos si vendrías. Preguntarse dónde estaremos dentro de un año, o de dos, dónde nos gustaría vivir. Si nos atreveremos a viajar lejos, muy lejos, cuanto más lejos mejor.
El mundo es más amable con una mujer bonita, y Angelina Jolie se ve tremendamente bella enfundada en su vestido de raso paseando por Venecia. A fin de cuentas, apreciamos lo que conocemos y quizá sea ese culo de la Jolie contoneándose lo que quieren que deseemos, para que seamos amables con él. Para ganarnos la voluntad, y aún el motivo último de la vida. Para derrotarnos desde abajo. Pero eso no sirve de nada, y así no se alcanza la felicidad.
Maldecir las cosas básicas. Cagarse, uno por uno, en toda la lista de reyes godos y su intento de legitimación del país. En las personas con afán de líder y complejo de adolescente. En las napolitanas de chocolate y lo mucho que me gustan. Odiar todo aquello que nos ata al suelo, que nos hace humanos, y después arrepentirnos porque en el fondo nos gusta aquel vestido que nos hace guapos, aquel vicio que tan pocas veces podemos saciar, y aquellos ratos en que podemos dormir abrazados al calor humano. Porque después de todo, aunque cueste reconocerlo, ha merecido la pena vivir el 2010. Feliz año nuevo.
Escrito por yure el 31/12/2010 02:22 | Comentarios (2)
Las peores faltas cuando se acaba una relación son las ortográficas. La supresión de comas y demás pausas necesarias, la facilidad con que se confunde un punto y aparte con un punto y seguido. El desconocimiento del lugar donde van los silencios que dan sentido a los textos, la redacción mala y apresurada, sin suficiente adjetivación (o con exceso de ella). Los verbos que nos matan, el exceso de acciones tontas, y la falta de gusto al elegirlos, suprimiendo siempre los que nos eran más convenientes. Algunas veces, incluso, nos matan las ultracorrecciones por defecto, las decepciones, la mala interpretación de metáforas. La muerte en archivadores polvorientos, y aún las largas agonías cuando se las deja acabadas pero vacías de contenido, desorientadas; cuando al punto final de los finales no le quedan dos puntos suspensivos. Cuando te haces profesora de lengua, y encima sales mala.
Escrito por yure el 07/12/2010 19:25 | Comentarios (2)
Cuando llegan estas fechas, una se sienta a pensar en todas las ramas vitales que, en un momento dado, se le han cortado para seguir creciendo por otro camino. Y piensa en cómo habría sido si hubiera continuado por esa rama. Si hubiera aceptado aquella beca, si hubiera salido con aquel chico, si no hubiera dicho aquello aquel día. Se sienta una con todas sus ramas vitales cercenadas, y se entretiene en delimitar cuál fue el día, la hora, el minuto y el segundo exactos en que la cagó, y cómo. Todos los autobuses que debió haber cogido, todos los besos que debió haber dado. Todas las horas que debió haber dedicado a aquella cosa que dejó pasar sin más.
Cuando llegan estas fechas, una se siente terriblemente inútil viendo que por más que una crezca, no para de dejarse crecer las ramas torcidas, de abandonarlas hasta que se amputan, y con ellas se le amputa el alma a una. Y se mantiene en un estado larvario, esperando a la rama adecuada en la cual le apetezca dejar crecer sus frutos y hacerse una mujer de bien, y por fin asentar sus raíces. Pero son excusas: una sabe, en el fondo, que está fingiendo tener algo interesante o ineludible que hacer; cuando en realidad es miedo, puro miedo, simple miedo a enfrentarse a la vida. A aceptar el pasado y empezar de nuevo. A florecer. Y cuando se contempla, y ve el tronco deformado por tanta poda pasada, se pregunta: ¿realmente era mejor esto?
Escrito por yure el 05/12/2010 21:05 | Comentarios (2)
En las estaciones de tren, una se siente segura. Agarra fuerte el bolso, y no hace falta preocuparse de nada más. Multitud de personas de multitud de lugares diferentes, que le miran a los ojos y se pierden para siempre. Entonces, antes de volver a centrar su atención en la maleta, que siempre se va de lado, una imagina cómo sería meter a esa persona en su vida.
Es fácil viajar cuando hay algo de lo que huir. Conocer el funcionamiento de los principales aeropuertos del país de una, y saber los trucos para pasar un par de pantalones más, una chaqueta más, para ahorrarse comprar el agua en el avión. Intentar eliminar una parte de sí, y fingir que nunca existió. Dejarla olvidada en la cola de facturación, por exceso de peso.Traspapelarla en el maletero de un autobús, coger una maleta que no es la suya y seguir adelante con otra identidad. Imprimirse de Internet una pequeña guía del destino (da igual cuál, porque nunca será definitivo) y construir sobre ella un nuevo presente en el que negarse a llorar por un pasado que tratará de olvidar. Esconderse entre las mesas de una cafetería impersonal y vieja llena de rumanos cargados de pesadas maletas, y prohibirse pensar en si antes fuimos más felices, en si echamos de menos aquello que nunca volverá, y a lo que nunca volveremos.
Es tan fácil fabricar una nueva identidad en un lugar donde nadie mira la cara más de dos segundos, que la única preocupación para no mostrar quién se es en realidad es tapar el lugar de nacimiento con el dedo al enseñar el DNI. Es tan fácil fabricar una nueva personalidad de escepticismo en la que posicionarse al margen de todas las cosas, y negar categóricamente que sea miedo. Entonces, las postales se hacen amigas, y compite por acumular mapas de lugares donde poder construir nuevas realidades que, sin embargo, nunca construirá por miedo a vincularse a nada. Una se acostumbra sin esfuerzo a pasar así el resto de la vida, e incluso acaba convirtiéndose en una mujer de mundo con uno de esos pasaportes llenos de sellos, hasta que se despista en una ciudad casi olvidada, se topa con el amor, y vuelve a verse llorando de miedo.
Escrito por yure el 15/11/2010 15:01 | Comentarios (2)
Vendo finales. Los tengo de todos los colores: desgastados, amargantes, totalmente equivocados. Prejuiciosos, consecuentes, decisivos. Vendo finales, uno por uno, y los vendo en una cuidada edición de lujo, cerrados en bolsita para congelados y decorados con cintita de raso de color rojo (rojo sangre, para los que les quepan dudas).
Vendo finales para desesperadas, para antiguos amores, para antiguas sonrisas. Finales para aquellos que nunca supieron decir adiós, y para las coquetas de vacua mirada. Finales de tinta falsa, de esa que vuelve a aparecer con el paso de los años. Finales para los que no les gustan los finales, para los que han visto demasiados besos de estación, para los que no quieren huir más. Para los que huyen y buscan encontrarse a sí mismos.
Vendo finales astutos, torpes, dolorosos. Finales que te perseguirán toda la vida, finales que no sabes por qué llegaron, finales que hacen llorar de verlos. Todos suaves, o escarpados, o irritantes de piel y pupilas. De cabellos. Finales que te comen las uñas, finales que te quitan la risa. Finales que no son finales, sino cosas dejadas amedias. Finales inexplicables. Finales que hacen daño. Finales del propio error.
Por último, tengo la sección de finales por un euro, esos que no importa llevar. Vienen en un paquetito de papel de regalo; algunos incluso enrollados en un papel de kebap (entiéndanlo ustedes, total por un euro…). Todos hechos a mano, a manaza. Y monto aquí la parada, señores, porque con el peso de tantos finales no puedo caminar más.
Escrito por yure el 30/08/2010 14:34 | Comentarios (2)
Ya basta de palabras muertas, yo solo quiero sensaciones vivas. Ya basta de perder apuestas y cazar un futuro con actitud esquiva.
Déjame de umbrales vanos y luchar por cosas que en realidad no quiero, se me escapa el tiempo de entre las manos y mi vida se arrastra con este aguacero.
Quien trajo este tiempo de luz austera se hizo causante, y yo consecuente; a pesar de que estamos en primavera el sol se me escapa por la tangente.
Escrito por yure el 14/06/2010 14:39 | Comentarios (2)
Te deseo. Te deseo con fuerza, de una manera tan brutal que me azota, sin yo quererlo, sin ser casi consciente de ello, cuando pienso en ti. Te deseo dulcemente, en las actividades cotidianas, mientras hago la comida o recojo la colada. Te deseo con una sonrisa en la boca, con los dientes en los labios, respirando hondo y notándolo correr, a modo de escalofrío por mi espina dorsal. De manera insensata, indecente, un poco malévola, también te deseo. Como una niña a los juguetes nuevos, como un goloso a uno de esos pasteles que puede oler uno, y morder uno, y meter uno su lengua en la nata para notarla, esponjosa, alrededor de la puntita de su apéndice desgranando su sabor, adaptándose a ella, emitiendo un pequeño crujido esponjoso a modo de expresión inconsciente de placer por ser comido, por ser chupado, por ser disfrutado con tanta fuerza.
Te deseo por la noche, con las piernas desnudas bajo mi vestido retorciéndose en la tenue oscuridad de la luna, de la manera dulce que provoca lo onírico, como quien sueña su deseo, o desea su sueño, y los dos se acurrucan conmigo en los rincones de mi sillón, para llevarme a navegar sobre sus dedos en un mar de besos tuyos, de caricias tuyas, de gemidos tuyos que me nublan de placer y me sumergen luego en el más dulce sueño. Te deseo también por el día, en las sombras calientes de los bosques, en las frescas de los ríos, en el medio de la ciudad. En la soledad de mi biblioteca. Y todos son tuyos, y todos son míos, quizá más míos que tuyos, y también viceversa.
Escrito por yure el 06/06/2010 12:54 | Comentarios (6)
Le busqué por los bares de siempre, por el parque donde solía tirarse a beber. O a follar con alguna muchacha. Pregunté a sus amigos, desperté a más de uno, que no dudó en maldecirme.
No sabía cómo se lo iba a tomar. Tu novia ha muerto, tío. Te ha pillado en la cama con otra (ni sé, ni quiero saber quién) y se ha montado en el coche. Iba demasiado nerviosa. No creía que me dejara llegar a la parte donde aclaraba: un tranvía hizo el resto.
La sorpresa me la llevé yo. Cuando al fin me lo encontré (ya te lo dije, tío, que esa chica estaba muy colgada; que no jugaras con ella, iba a decirle), tenía la cabeza inclinada en una extraña pose macabra. Esta no es manera de querer, tío, esta no es manera de querer. Y llamé al 112. Pero no pudieron hacer nada.
Escrito por yure el 24/05/2010 14:23 | Comentarios (2)
Nada de esto tiene sentido. Ni el sol, ni el azúcar de los roscos, ni las sonrisas de los niños que me cruzo por la calle.
Nada tiene lógica. Ni yo, ni lo que me rodea, ni nada de lo que piso o toco. Ni la gente con la que ahora me junto. Nada.
Antes era mejor; tenía el sol, a Miles Davis y a una guitarra que solía torturar regularmente ante los oídos de un experto guitarrista flamenco. Tenía la libertad, y aquella sonrisa por las mañanas que se te dibuja desde el alma.
Antes era mejor. Pero se lo han llevado. Ellos, los grandes, los que están arriba del todo. Me han secado la sonrisa con sus decretos leyes, con sus corrupciones, y su falta de amor hacia el pueblo. Y no sé si lo saben, pero sí sé que no les importa.
Y ahora estoy aquí, dando vueltas en círculo y buscando desesperada el lugar donde perdí yo mi sonrisa, dónde me dejé las ganas de vivir que arrastraban a la gente. Y hay más como yo. Y nadie sonríe. Sospecho que nuestra felicidad la han utilizado como morralla para rellenar los cimientos de algo similar a la lista Forbes.
Escrito por yure el 18/05/2010 13:42 | Comentarios (1)
Hay chorricientos treinta y tantos médicos en el mundo, con su fonendoscopio y su taco de recetas. Debería llamarlos, visitar a alguno, me duelen el alma y la rodilla izquierda.
Escrito por yure el 15/05/2010 14:02 | Comentarios (0)
Se levantaba sola por las noches. Cuando el cielo estaba oscuro, sin una estrella, ponía una mano en el alféizar de la ventana de la cocina, y con la otra se horadaba el sexo. Se arrancaba orgasmos dolorosos, dañinos, como aquel que lo ha perdido todo y le queda únicamente ese placer solitario. Pero nunca, nunca con la luna llena.
La luna era de él. En las noches de verano, a veces, se ponía de beber con los amigos, y bajaban a la poza, y se bañaban, completamente desnudos. Ella se escondía y admiraba lúbrica aquel torso perfecto de hombre de campo, aquel miembro grande y deseable, aún relajado. Se desesperaba tras los robles del fondo del camino, y se mordía el dorso de la mano con fuerza, para acallar el deseo.
Nunca lo hubiera reconocido. Ni a su hermana, ni a nadie del pueblo, ni siquiera a las amigas. Pero lo cierto era que se acercaba a la huerta sólo para olerle el sudor, para verle la cara manchada de tierra y desear limpiársela a lengüetazos. Para imaginarse rodeada por aquellos brazos fuertes, entregada a esas manos grandes y de piel dura. Y entonces, el sueño le duraba un momento; el deseo le duraba un momento, y después la ilusión se iba.
Nunca lo hubiera reconocido. Cómo reconocer aquello, su tortura diaria, su vecino de enfrente, su ternura infinita. El deseo animal que todos los días le azotaba en las nalgas, en el sexo, en la parte de atrás de los muslos, hasta hacerla caer sin fuerzas. No podía reconocerlo.
Casi ni le hablaba, lo ignoraba, ya se saben estas cosas de los pueblos. Con un desprecio más heredado que adquirido, le contestaba los buenos días, las buenas noches, con los ojos hirviéndole de deseo.
Una vez entró. Se metió en el corral y la vio medio desnuda, deslizando el nombre de él muy despacio hasta su sexo. Quizá fuera porque tenía la puerta abierta, quizá porque a sus oídos de buen cazador nunca se les escapaba ningún sonido, ni ninguno de los suspiros de ella después de girarse con desprecio. Quizá, porque él también miraba por la ventana cuando ella le dedicaba sus orgasmos solitarios.
Se cansó. Ya está bien de toda esta tontería. Le arrancó el susto a besos, a mordiscos hechos con la furia que le tenía acumulada en el vientre aquella niña cabezota que le quitaba el sueño por las noches. La giró contra el olivo y le besó las nalgas, le mordió los muslos, le lamió el sexo. Ella no podía ni hablar, y él le buscó los pechos, los presentó a su boca, dejó que ella se aprendiera su cuerpo. Jadeó un par de veces, le separó las piernas, le sujetó los brazos con la otra mano. Le arrancó un gemido, y después otro, y otro. Y en cada jadeo se marchaba la amargura que tanto tiempo les había poblado la boca del estómago. Se derramó mientras le mordía el cuello.
Con una docena de besos con que borrarle el miedo, la aderezó a su manera para llevarla ante los padres. Ya está bien de todo este rencor estúpido, que me está quemando los nervios. Se puso en medio de las dos casas, por el sitio que nadie cruzaba. Esta mujer es mía, gritó, y no le respondieron. De sus casas, endormidos, salieron los padres de él y de ella. Los hermanos. Les dijo que si alguien se oponía, lo rebanaría a cuchillo. Nadie se atrevió a hacerlo.
Y sepultaron para siempre aquellos rencores de niña tonta, aquel desvelo de todas las noches, aquellos suspiros inconfesados. Se la llevó consigo. Y nunca más nadie se atrevió a amargarles, a decirles más nada, a ahogarles los besos. Le socavó las piernas, le cultivó el vientre. Y ni aún entonces, con el tiempo pasado y la carne marchita, se quitaron de las entrañas el deseo animal del uno por el otro.
Escrito por yure el 12/05/2010 14:32 | Comentarios (2)
No tengo nada que darte. Apenas, este poco de sal que se me pega entre los dedos. Hace mucho que no tengo nada, y tengo miedo de que lo descubras. De que sepas por qué huyo.
No tengo nada que darte. A veces, cuando hace frío por la tarde, tengo miedo de que el tiempo pase, y el futuro llegue. Y de que la incertidumbre se aposente sobre mi cuello con su peso ahogador, y su hedor a muerte.
Dicen que el mundo se acaba. Dicen que esto va a durar años, y que nada volverá a ser como antes. Dicen que son tiempos de pan y cebolla. Y esto es tan pequeño que no hay sitio donde esconderse. Ni siquiera, ni siquiera de mí misma.
Quiero huir. Huir de nuevo, más lejos y más fuerte, sin nada que me pare. Tengo sal entre los dedos, y cuando hace viento se me cuela en las heridas. Querría no haber hecho esto nunca. Venir aquí, crecer, entrar al mundo de los adultos. Ya he dicho que tengo miedo, y que querría borrar todo mi alrededor y volverlo a dibujar, como quien se va de viaje. Como quien busca que nadie le conozca nunca.
No tengo nada que darte. Salvo mi miedo. Y eso no es bueno para nadie. No te acerques, no vengas, no vuelvas; y, sobre todo, no te marches.
Escrito por yure el 12/05/2010 00:32 | Comentarios (0)
Otros labios vendrán. O no. Mi madre se empeña en compararlo con descosidos y rotos, yo que odio la costura. Dicen que es lo normal; que por biología debería desear formar una familia, y cultivar pequeñas larvas en mi vientre. Aquí, en esta tierra de nadie marchita de esperanza, no se cuelan los deseos. Se quedan en la puerta, y se desvían por Guadalajara. Una vez, vino un hombre con sombrero a decirnos que nos calláramos, que no éramos nada. Y nos callamos. Ahora, la sierra vacía del alba se deja adormilar entre los brazos envenenados del olvido, y sus hijos le giran la cara. Otros labios vendrán, con otras manos que me enseñen a recobrar esperanzas. Y yo, lúbrica y pura, mostraré mis senos de estaño a la noche sureña sin luna, que borrará de ellos la marca de tus manos. Dicen que este sabor a nieve se va con el paso de los años. Y otro amor vendrá, con su panda de aves, sean ruiseñores o grajos, a poblar mi tripa (aquella que todos esperan repleta de larvas con mi grupo sanguíneo). Y todo será technicolor, y el doblaje será más perfecto, con su magistral imitación de un sentimiento un poco menos vivo pero que, no obstante, alabarán las críticas especializadas. Antes, era más blanco: era mejor cuando te amaba.
Escrito por yure el 30/04/2010 11:14 | Comentarios (1)
Todo me recuerda a ti: el hueco que no ocupas en la cama, el sonido que no haces con las hojas de mis libros (y que ya no me crispa los nervios), los “ya no sonidos” de la cocina. Estas deliciosas tardes de invierno encerrados bajo las mantas, las ganas de besarte que se me maceran, el horrible olor a ese desodorante barato que ya no intoxica la casa. Las ganas de discutir, el azul que ya no es azul de los mapas, y mis pocas ganas de ir a verlo cuando llegue ese verano que ya no olerá a tu cuello. Las serpientes que se mudaron de las carreteras a un lugar más cálido, y que ya no nos mecen en el Ford fiesta al son de ese Gillespie tuyo, que ya no me hace gracia.
Toda esta cubitera ya sin hielo resuena el vacío de tu nombre, y por las esquinas sólo queda un gato viejo y vagabundo que a veces me araña el alma. Ahora, el negruzco sombrío de las catedrales sin restaurar acompaña a este tiempo que ya no es tiempo, sino una infinidad de pequeñas eternidades aletargadas. Antes, era más blanco: era mejor cuando te amaba.
Escrito por yure el 30/04/2010 11:10 | Comentarios (0)
Antes, era mejor: los océanos eran azules, del nítido cyan de los mapas. Las carreteras, serpientes; las estrellas, esmeraldas; tu boca, rubí,jugosa del sabor de la granada. Antes, aún no tenían las mansiones telarañas; y todavía no era pecado devorar las manzanas. Antes, era más blanco, era mejor cuando te amaba
(La imagen es un plagio; cuando posea el original lo pondré, pero sin ella no tiene sentido mi poema)
Escrito por yure el 30/04/2010 10:39 | Comentarios (0)
Estás borroso, como en mis sueños. Hace demasiado calor, y me cuesta mantener la calma para dibujarte con los dedos, para eliminar esa neblina onírica que rodea a tu torso desnudo. El sudor de ambos cuerpos humedece mis intenciones, y nos volvemos peces plateados que se sumergen, uno contra otro, en la corriente.
Somos dos locos, o dos niños ciegos que juegan a ser mayores. O dos mayores ciegos que juegan a ser niños locos, en el último terreno que nos han corrompido. Me gusta definir tus bordes borrosos con la punta de mi dedo, como tocando una pieza de piano. La música la pone mi respiración demasiado alterada, y el crujido de las sábanas bajo tus besos (los del muslo, los del torso, los del cuello). Me gusta tenerte así, con los bordes indefinidos, para poderme mezclar con ellos. Y huir de esta rotundidad de líneas duras que impone la ciudad con sus altos rascacielos. Y hacer una espiral con el dedo, que me atrapa del mismo modo que imagino que lo hará el remolino al quitar el tapón de la bañera (ante eso, precavida, siempre lo rompo con la palma taponando el agujero).
Pongo tu cuerpo al sol. Al intenso sol de abril que entra por el balcón de mi cuarto. Me gusta sentir el calor en la espalda, mientras te beso. Y entonces olemos a margaritas, y a los domingos del pueblo, y al armario con naftalina que guarda mis vestidos todo el invierno, deseosos e impacientes por mostrar mis piernas allá al llegar mediados de marzo. Y al pan recien horneado, que se pega entre los dedos. Te echo más harina, te amaso; vas cogiendo forma, y creo que eso es bueno. Te horneo, no sin antes haberte untado con sumo cuidado para que no te pegues. Tedeslizas, sientes el sol, borras mi vista y me ciegas por un momento. Silencio. Dos crujidos entonces, entre el canto de los grillos, como al apretar con un dedo el pan recién hecho.
Escrito por yure el 29/04/2010 17:21 | Comentarios (4)
Tanto tiempo sin saber de ti... Ahora eres un hombre feliz, te miras al espejo y ves que eres lo que deseabas ser. Estás creciendo profesionalmente mucho más deprisa que el resto de gente de tu edad, y te sientes tan feliz por ello que de vez en cuando tienes ánimos para juntarte con ese grupo de amigos con el que hace menos de un año que sales los viernes por la noche y, por qué no, a veces engatusas a alguna chica y te la llevas a la cama. Sigues bebiendo, pero ya no solo (o al menos, tan a menudo como lo hacías antes).
Has publicado algo y te sientes un tío importante; y sinceramente puedes hacerlo, porque eres inteligente. Hace un par de meses estuviste de tonteo con una chiquita muy mona de tu ciudad, 19 años y unas tetas fabulosas. En general, la vida te sonríe. Ya no ladras a la gente más de lo que lo hace tu perro y sigues pensando que tienes una polla preciosa. Hasta tu madre está contenta contigo.
Hasta incluso empiezas a poder soportarlo cuando les ves juntos, paseando de la mano por la playa. De hecho, cuando te vas a la cama ya casi ni lloras.
Qué decir; me alegro por ti, tienes lo que te mereces.
Escrito por yure el 26/04/2010 15:18 | Comentarios (0)
A veces, se mira con los ojos entrecerrados al espejo, para fingir que es otra mujer la que tiene delante. Y que le puede acariciar los pechos, y regalarle amor con la ternura que sólo unas manos femeninas pueden tener. Se acaricia la tripa, la boca, los ojos. Agita el pelo y se mira en el espejo, se moja los labios chupándolos lentamente con la lengua. Se imagina abrazada a esa mujer de contorno borroso que se ve a través de sus pestañas. Imagina poder llegar a amar a una dueña a imagen suya, sin más horizonte que otros ojos frente a frente. Aunque eso signifique tanto en esta realidad en la que los ojos de las mujeres están censurados, en que incluso el propio cuerpo es tabú. Se viste corriendo, con miedo a que la vea su marido contemplando lo prohibido. Se pone el burka, y sale a la calle. A comprar, como todos los días.
Escrito por yure el 31/03/2010 02:07 | Comentarios (0)
Vete tú y tus estúpidos temores inducidos, tus días grises, tu amargor innato. Váyase tu gula, tu desidia, tu dejadez. Tu manera de ver pasar la vida; tu falta de respeto por ti misma, y por tu deseo. Tu tigre manso que destroza todo caminando con sus garras; tu poco gusto a la hora de no ponerte tacones. Vete y llévate todo aquello que es tuyo, tu falta de autonomía, tu odio irracional, tu miedo a enfrentarte a las cosas, tu bloqueo. Tu creencia de que no, tú no, eso es imposible. Tu falta de necesidad de necesitarte, tu desidia total. Llévate tu expectación estúpida ante la vida, tus relojes veloces que destrozan a su paso. Todo lo que alguna vez fue tuyo, o lo quiso ser. Y déjame.
Porque tengo mi jazz por las noches, mi cine antiguo, mis cenas con amigos. Mi sombra sin barra de labios, mis vestidos de encaje negro, mis fiestas de reinas en lentejuelas, mis paseos solitarios y deliciosos. Mi desprecio por mascotas y/o plantas. Mi afán por aprender. Mi precioso pelo largo; mis pechos deliciosos y suaves. Y no me haces falta. Soy tan fuerte como para despedirte de mi vida.
Escrito por yure el 24/03/2010 02:16 | Comentarios (1)
Está por todas partes. También, cuando sueño. A veces creo que es cierto aquello de que soy yo más suya que él de mí. Desde la pared de la cocina me mira con su gran ojo rallado. También en el trabajo, y en la hora del café. Se eterniza por las tardes, esperando que llegue la hora en que Conchita nos deje salir de la librería; por las mañanas, cuando espero el autobús. Corre a su antojo, y su tic-tac se me asemeja la carcajada monótona y constante de una consentida.
Me ahoga al pensar que cada segundo que pasa me profetiza un paso más cerca de la muerte. Por eso prefiero mi reloj de pulsera, porque no marca los segundos. Su lento recorrido por la esfera negra - ahora soy un bigote, ahora unas piernas de dama, ahora unas de prostituta - se me hace menos dictatorial que esos radio-relojes que tanto le gustan a mi novio. Lo tengo que tapar, no puedo hacer el amor con la luz roja mirando, por más que él me diga que es una chiquillada.
Por las noches los apago todos. Les doy la vuelta al llegar a casa, pongo en el móvil la alarma con la hora de salir a trabajar y me olvido de mirar. A veces llega la aurora y estoy todavía rondándole a la noche. Entonces me quedo callada y sueño con un mundo en el que no hubiera relojes, en el que los desterraran a todos y su tiranía fuera derrocada por ese otro pulso incesante, propio y necesario, que marca el corazón.
Escrito por yure el 12/03/2010 19:10 | Comentarios (1)
Desde aquí, se ve a la ninfa en todo su esplendor. Su piel, su cuerpo claro, el amanecer reflejado en su cuello. La eterna línea de su espalda, los hoyuelos sobre sus nalgas. La melena suelta, inundando la almohada. Despreocupada de mí y de todos, juega a parecer inerte en la tranquilidad de su reposo. Juega a dormir sin dejarme entrar en su sueño.
La ninfa siempre me da la espalda. Ahora, cuando le intento hacer el amor; y también cuando se muestra hermética e incompasible ante mis intentos de beberle los labios, o regalarle mis ojos. Tiene demasiados pretendientes; pero, poco o mucho, los ignora a todos. Bueno, a todos no.
La ninfa remolonea en el lienzo blanco de sus sábanas, dibuja colinas y montes en la cama y en su cuerpo. Le miro las moraduras del costado. Maldita ninfa, por qué no me dejarás quererte, por qué no alejarás de tus caderas a todos esos que te hacen daño, que toman tu espalda - tu sempiterna espalda que ahora te beso - y marcan en ella sus dedos de hombres brutos, sus patadas de inconsciente. No, ninfa, no; ¿no ves que te están desgastando?
A la luz de la mañana, la ninfa se ve increíblemente bella, misteriosa, como una excursión por el Nilo o las estrellas miradas desde el Roque. Su piel huele a canela, a sándalo; y más allá, a almizcle y a frutas. A incienso del de iglesia sus pechos, que adivino cuando corono la cumbre de su cuello. Y su vientre, que huele a pan, como huele el vientre de las buenas mujeres.
Quizá quiero a la ninfa. Solo quizá. El deseo se confunde con el odio de una manera tan fácil... Cómo querer su espalda imperturbable, su tozudez inconmovible, su rostro misterioso de mujer coqueta. Cómo no desear ser cada uno de esos rayos de sol, para posarse en su piel y penetrarla con dulzura, y calentarle el corazón. Cómo no dejarse la vida en el intento de verla sonreir, resuelta, entre mis brazos, alejada de los moratones de todos aquellos que nunca, nunca debieron haberla tocado.
Escrito por yure el 12/03/2010 15:48 | Comentarios (4)
Al principio, creía que todo era mentira. La gente, los lugares, los sucesos. Que todo estaba colocado por una especie de guionista estúpido y malévolo que quería fastidiarme. Y esa sensación me creaba una especie de calma y, a la vez, intranquilidad; quería ver la realidad, olerla, tocarla. Pero nada de eso sucedió.
Luego vino la etapa de creer. Creer en la amistad, en el amor, en las oportunidades, en los sueños. Y poco a poco, como quien parte palillos con el dedo pulgar, se me fueron desbaratando una por una. La creencia en el amor, en la amistad, en los sueños, en la vida.
Y entonces, ya sin sueños ni esperanzas, me vi infinitamente segura, infinitamente triste e infinitamente libre. Y me dio miedo el mundo, ese mundo sin sueños, ni caricias, ni cosas buenas. Ese mundo adulto sin sabores intensos ni cosas absolutas; nada sino un amargor intenso que me inunda la boca, y la certeza de que cada día ese amargor va a ir a más.
Escrito por yure el 08/03/2010 03:12 | Comentarios (3)
"Al final, los que mandan son los mismos. Busca tu pan y desengáñate". "¿Y quiénes son esos?" Mira a lo alto. Cielo, campanario. El padre suspira, "pues quién va a ser".
Escrito por yure el 16/02/2010 15:35 | Comentarios (1)
El vacío que hace que no me tengo y la sombra de esta crema de aceituna, y el vuelo de esta libertad sin alas, y la noche de esta luna que no es luna.
El paladar se me tiñe de nostalgia, me hace ennegrecer con los últimos gemidos; sueño de la noche, arrebato de distancia, recuerdo de esperanza para los ojos dormidos.
Cautiva en esta verdad de cartón-piedra, de calidad insulsa y pseudo-tenacidad de boca, de indigente generosidad helena que devora, imparable, todo lo que toca.
Hoy no tenemos sangre, vuelva usted mañana y traiga algo de bilis consigo. También a mí, en mi huída castellana, me van cerrando a mi paso los postigos.
Escrito por yure el 16/02/2010 15:26 | Comentarios (0)
Se puede soñar con sexo. Con desnudos grotescos y dolorosos, con cuerpos hormigueantes y rezagados. Se puede tener miedo a que alguien se meta en nuestra cabeza y descubra todas esas ideas brutalmente sexuadas que la pueblan, con la ausencia de ellas, con el dolor. Se puede soñar con acabar con las miradas, con congelar las sonrisas, con aquel tipo de nada que nos hace un poco menos libres que nuestros antepasados. Con aquel vacío que nos vacía las tripas y nos las guarda para hacer morcilla. Se puede destapar aquella tinaja de miedo ancestral a ser descubiertos soñando con sexo, a ser descubiertos siendo humanos, a ser ultrajados en la intimidad que nos proporciona el sueño.
Se puede regresar a un lugar muy, muy parecido al pasado, pero que ya nunca será el mismo; y, sin embargo, no ser tampoco nada nuevo. Se puede inventar el deseo, las sonrisas, el sexo. También despierto y sin sueños. Pero mejor al dormir, porque crear una realidad sexuada sin sueños es, cuanto menos, doloroso.
Ya es casi primavera.
Escrito por yure el 07/02/2010 20:13 | Comentarios (1)
Una sala de cine vacía. Se apagan las luces. Respiro hondo y, de repente, me percato de que tenía el pecho encogido. Sólo tú a mi lado. Me doy cuenta de que, en ese momento, todo es perfecto; no me hace falta nada más.Y me alegro mucho, mucho, de que seas tú quien está conmigo.
Escrito por yure el 17/01/2010 03:49 | Comentarios (3)
Cuando acabó dentro de ella y se le destensó todo el cuerpo, se durmió como siempre. Y, como siempre, Lola se sintió muy vacía, muy inútil, muy desgastada tras 30 años de sexo sin orgasmo, sin besos, sin vida. Al compás de los ronquidos intentó calcular las veces que se había sentido profundamente desgraciada exactamente en esa posición. Se levantó, y fue al baño. Se sentó, con las piernas abiertas. Sonrió con amargura, y abrió el chorro del agua tibia. Una vez más, los últimos vestigios de su amor se iban desagüe abajo.
Escrito por yure el 16/01/2010 00:03 | Comentarios (2)
Mirrors let us to see face to face withourselves. I think the worst sight we can support is oneselve’s. Then,illusions, dreamings, failures, lies, intimate life and everything we don’tshow to our external juzges, appears in that doubled space between our eyes andour eyes, too. Everything has an ending, and in our face we do a notch for eachending in our past. I think we must learn to love that notches, cause they arethe proof that we are winners of our personal vital battle. We aren’t only whatwe look, we are also what we show and what we hide. Specially what we hide:hiding the past doesn’t make us beautiful to our own eyes, cause the onlyomniscient judges are we own. Time to spring cleaning!
Escrito por yure el 13/01/2010 16:47 | Comentarios (0)
Podría viciarme a ti. Acostumbrarme y dejar que mis raíces jugasen, despreocupadas, entre tus dedos.Podría coger la afición de besarte, tímidamente, antes de que despertaras y hacerlo de nuevo, más apasionada, cuando ya sonrieras al nuevo día. Podría sentirme libre apresada en ese estatismo que supondría una vida consagrada contigo en un futuro que aún no logro imaginar.
Dejar que mi pelo se infinite, quebrar la robustez de mis dedos de tanto desgranar las horas a tu lado. Formar una familia y hacernos una foto de estudio que colgar en el salón. Pasear contigo, muy guapa, los domingos. Hacer el amor todas las noches, resumiendo el infinito en una parte de la alcoba. Repetir con monotonía, año tras año, un consolidado patrón detrabajo. Comprarme suéters de cuello alto para el otoño. Olvidar dónde he puesto mi maleta.
Comprar visillos para la cocina decorados con conejitos de Beatrix Potter, cocinar para ti. Nada de esto va conmigo. Así que te miro, te deseo y procuro sonreírte con indiferencia, haciéndote ver que nuestras vidas no se han cruzado. No estoy preparada para anclarme a nada ni a nadie. Yo nací en un tren en marcha.
Esta noche imaginaré cómo serías clavándote en mí, me sentiré irremediablemente masoca, y te echaré de menos con la amargura propia de los cobardes. Y eso es todo. Mañana me espera un nuevo día en otra parte, muy lejos de tus labios deleitantes y tus dedos deseados.
Escrito por yure el 22/11/2009 20:17 | Comentarios (4)
Estar en una ciudad por primera vez es como hacer por primera vez el amor. Uno se siente confuso, perdido, excitado, le golpean en la cabeza todas aquellas cosas que lehan dicho los demás sobre el tema, y se asusta un poco ante el paraíso - o no -desconocido. Cuando una mujer hace el amor por primera vez está atemorizada por el dolor, por la sangre, por el embarazo, por la autocrítica. Las ciudad es también duelen, y también te marcan, y te cambian el cuerpo y la forma de mirar. Cada amante, cada ciudad, forma parte de nosotros mismos y nos describe.
Los hombres son graciosos ante este tipo de situaciones: suelen perderse, confundirse, tienen miedo y lo pasan mal, pero no piden ayuda por el orgullo de dar lo que se espera de ellos. Quiero decir: ni por asomo preguntan una dirección, ni piden ayuda con el mapa. Pobres, cae sobre ellos una larga tradición de versados amantes masculinos que les causa pánico desmentir (dónde va a quedar su honra). Las mujeres, en tales situaciones, me producen una extraña fascinación: han de ser capaces de guiarles sin que ellos se den cuenta. El mayor arte de la mujer es el de simular, aparentar, guardar silencio, pasar desapercibidas. Parecer inocentes y decididas a la vez. Luego, cuando todo haya salido bien, ellos gritarán: ¡lo encontré! ¿ves como te sabía hacer llegar? (en el mejor de los casos, ellas callarán que han fingido).
Las ciudades nuevas son como los nuevos amantes: una vez has visitado unas cuantas, tienes ciertas estrategias para orientarte por las nuevas que se cruzan en tu camino; pero cada una tiene un encanto especial que la aleja de la anterior, y de la siguiente. Perderse por las calles de una ciudad nueva tiene un paralelismo perfecto con recorrer la piel de un nuevo amante: las piernas, los muslos, la catedral, el casco antiguo. Sus mejores vinos, sus mejores librerías, los lugares donde hacen conciertos. Los nuevos sabores de besos. El primer viaje ensolitario (no mueras sin hacer uno) cambia la vida de una persona, le hace sentir en sus huesos el indómito salvajismo de la preciosa libertad. Exactamente igual que el primer amor.
No obstante, si tengo que elegir, me quedo con los viajes: nadie te mira mal si enseñas las fotos a la familia.
Escrito por yure el 16/11/2009 19:01 | Comentarios (3)
Ella soñaba con un cuento de hadas. Y lo tuvo. Como nadie le regalaba flores, se las encargaba por la mañana y por la tarde se ponía muy guapa, muy guapa, a esperar al chico del reparto. Lo solía hacer los jueves y las tarjetas siempre hablaban de un amor en Argentina que todos sabían que no existía.
Empezó a escribir sus propias cartas y a enviarlas, con perfume, al correo. Siempre cada quince días. Allí aparecían los poemas de amor guardados desde hacía tiempo en su cuaderno, frases que nadie le decía, y que le robaban el llanto cuando se las colocaba muy cerquita de la nariz y aspiraba con fuerza los restos del olor de aquel hombre que nunca había existido.
Con el tiempo aprendió a añorar sus manos. Las imaginó rugosas, fuertes, pero con una sensibilidad especial para rozar con las yemas la parte de atrás de su cuello. Incluso fabricó recuerdos, cicatrices de viajes, toda una historia a medida de su vacío.
Todo el mundo empezó a creer en aquel amor argentino con nombre de cantante de tangos. Nadie dudaba de la procedencia de esos ramos de flores, de aquellas cartas que cada vez olían más a piel de hombre. Y, como en los cuentos de hadas, un día apareció. Le besó el cuerpo y la cubrió de rosas. Y ella le miró y pensó: prefería las cartas y las flores. Y le echó de su casa. Y volvió a llamar los jueves por la mañana a la floristería de su calle.
Dicen que el que ama esperando se acaba enamorando de sí mismo.
Escrito por yure el 24/07/2009 14:40 | Comentarios (1)
¿Los cangrejos se enamorarán? ¿Frotarán sus patitas con deseo mientras se hacen arrumacos? ¿Cómo serán sus besos? ¿Concertarán citas románticas donde el señor cangrejo lleve a comer a su amada inmigrantes caídos al estrecho? ¿Habrá cangrejos homosexuales? ¿Se pondrán también los cuernos? Viven demasiado poco. El amor es para quien tiene tiempo.
Yure. 29/06/09
Escrito por yure el 29/06/2009 11:45 | Comentarios (3)
- Quiero que hablemos. Deberíamos dejar de hacer esto - eran las 11 de la mañana, y nuestros cuerpos habían estado mezclando sus olores durante más de 12 horas.
Pasó el día en una inmovilidad heladora, casi mortecina. Al final me decidí a despegar los labios.
- Necesito que me abraces - y de verdad lo hacía; me dolía mucho dentro del pecho, como si me estuvieran arrancando algo con su partida.
- Si te abrazara, no sería solamente un abrazo. Sería algo más y tú lo sabes.
Y no lo hizo. Aquella noche me dormí llorando porque me di cuenta de que aquello que me habían arrancado en el pecho era el corazón. Esta vez no es literatura, princesa, pensé. Y me apunté a un cursillo para aprender a vivir sin alma.
Escrito por yure el 26/06/2009 21:08 | Comentarios (0)
Hoy te voy a ver: Me desnudo lentamente, mirando frente al espejo cómo va cayendo la ropa. Me meto a la ducha, enjabono todo mi cuerpo, me mojo, me rasuro. Me seco, me perfumo, elijo cuidadosamente la ropa interior, el vestido de algodón, el recogido en el pelo. Preparo mentalmente cinco maneras diferentes de morderte el cuello en el primer descuido que se me presente. Cuando llego a la cafetería, te tengo tantas ganas que creo que todos me lo notan en la cara. Así que me pido un té y me siento, a darte consejos sobre cómo ligártela a ella. Estas cosas no las hacen las amigas.
Escrito por yure el 08/06/2009 01:25 | Comentarios (5)
Venga, cariño, si me regalas una sonrisa te invito a champán. En mi cuarto. Puedes utilizar mi ombligo como copa, si quieres. Así, escapamos los dos de esta anónima dársena de autobús y te enseño lo que es viajar de verdad... ¿vienes conmigo?
Escrito por yure el 04/05/2009 03:32 | Comentarios (4)
Cuando se le acabó el camino, se dio cuenta de que se había quedado sin botas. De caminar inconscientemente, había acabado por desgastar su propia piel en el sendero, y se había acostumbrado de tal modo que en la planta de sus pies se había formado una capa de piel dura e insensible que le permitía caminar sin calzado alguno. En medio del campo, una vocecita pequeña le dijo: no te lamentes, pequeña, aquí no hay zapatitos de princesa. Y buscó, ingenua, al conejito blanco con un reloj de bolsillo poseedor de la vocecita. Pero no encontró a su alrededor ningún ser vivo, y comenzó a sospechar que quizá fuese esquizofrenia.
Como tampoco tenía qué comer, empezó a alimentarse de viento. Abría la boca de par en par, como las ventanas en días de fiesta, para que el aire le entrase dentro y se le llevara todo aquello que el caminar, a diferencia de sus botas, no había sabido desgastar. Pero nunca había suerte. Entonces, aprendió a beber el sol, y a comerse la amargura. Se convirtió en viajera errante y se acostumbró a andar sin sendero. La soledad hace que todo se vuelva igual, de un color vacío y polvoriento que arranca el interés a todo. Perdió la noción de la realidad y del tiempo, y caminó sin rumbo, por las tierras sin sendero que encontraba a su paso, y poco a poco dejó de importarle todo lo demás. El clima, las horas, la estación del año, el estado de su ropa. Su pelo se llenó de nidos y su aurora de rocío, y se metamorfoseó en campo.
Esta no es la historia de una vida, ni lo pretende ser. La muchacha que me lo contó lo había oído de su abuela, y no estaba segura de que fuese del todo cierto. En algunas aldeas fantasma de Tierra de Yanguas he encontrado un par de ancianos milenarios que cuentan haberla visto con su pelo lleno de flores y su regazo con olor a páramo, buscando aún el sendero por el que reconducir sus pasos. Pero sólo son leyendas; esos ancianos que tienen en su piel dibujado un mapamundi llevan, también, en la alforja de su memoria un quintal de tesoros orales. Inventados o no, en la primavera veo, con el primer deshielo, las huellas de unos pies errantes, solitarios, que buscan aún un retazo de paz al que llamar hogar.
Escrito por yure el 04/05/2009 01:39 | Comentarios (5)
Nací en un sitio donde el tiempo estaba parado, como en una isla. Donde las noticias las daba el pregonero, y ni por asomo internet. Donde los niños iban juntos a la misma clase, tuvieran la edad que tuvieran. Donde los sábados se iba a jugar al frontón, arriba del río, y más arriba estaba el cementerio, donde los niños no podíamos ir. Donde los bueyes iban con yunta. Donde había una adúltera, dos solterones, una mujer que se ahogaba en su vida, un loco del pueblo y un matrimonio del que se decía que ella le pegaba a él. Allí había de todo, como en un microcosmos.
Un día aparecieron dos niños en mi clase, que se suponía que sólo habían venido a pasar el verano. Su madre no salió de casa de los abuelos hasta un mes después, y todos rumorearon que el marido casi la mata, si no llega a ser por el hijo. Y yo sentí que aquel niño era un hombre ya, así, con 7 años. Y que había hecho algo muy importante. Y lo sigo pensando.
Los domingos por la mañana se iba a misa porque no había nada más. Y la daba aquel cura tan joven y retrógrado que me daba clase de religión y mucho miedo, porque siempre iba de negro y con alzacuellos. En la misma iglesia donde me bautizaron. Y por la tarde, a jugar a la plaza o, si hacía mal tiempo, a jugar al salón que había pegado al bar (que era donde se hacía el baile por fiestas).
Yo vivía en una pradera a las afueras de aquel pueblo. La pradera tiene su propia historia, y se llama San Roque. Tenía un árbol que tenía una fuente en sus tripas. Y una ermita pequeña, revestida de cal, con un ventanuco semiabierto la mitad del año. Y un pinar al fondo. Y un columpio en el que no se podía jugar. Y mi desván, que estaba lleno de murciélagos que yo imaginaba humanos, como una pequeña comunidad de seres negros y alados que hablaban de sus cosas, allí colgados del techo. Por las tardes, mi padre llegaba en su moto destartalada y tocaba el cláxon. Yo corría fuera del patio y me subía a la moto, y me daba una vuelta. Con la moto entre los pinares. Y yo sentía, en la cumbre de mi pequeño microcosmos, que no podía haber una sensación más alucinante que aquella.
Escrito por yure el 08/04/2009 12:48 | Comentarios (5)
La castaña de la segunda silla quiere ser pelirroja. Y joven. Por eso se ha levantado hoy a las 8.30 en vez de a las 10, aunque le sobraba tiempo para venir aquí. Y total, para estar esperando... A su lado está su tío Marcial. Ella se imagina en fiestas pijas y repipis como las de la Preysler, aunque con Ferrero Rocher no, que engordan; oeri ka verdad es que disfruta más en el pueblo.
A su lado hay una viejecita de pelo ondulado y canoso; acaba de nacer su quinto nieto. Cuando, a los veinte años, le dijeron que las mujeres no se jubilan nunca, pensaba que bromeaban. Ahora, a los setenta y cinco, comienza a sospechar que era verdad.
Una luz verdosa de fluorescente desgastado inunda todo. Nerviosos, impacientes y atemorizados, media docena de presuntos padres se quedan progresivamente sin uñas. En alguna de esas puertas cerradas se esconden las personas que van a cambiar sus vidas. Los familiares se agolpan a su alrededor, pero están solos. Es una especie nueva de soledad que les va a acompañar el resto de su vida, y que a las mujeres nos acompaña desde mucho antes. Aprenderán a convivir con ella poco a poco, pero presienten -sudorosos, dando su cincuenta y ocho paseíllo- que comienza su madurez: ahora, ya son padres.
6-04-09
Escrito por yure el 08/04/2009 01:44 | Comentarios (2)
Después se sentó. Cansada, esa era la verdad, pero feliz. Descubrió que no le gustaba sentarse, que por eso llevaba zapatillas de deporte, y no tacones. Para correr más. Siempre adelante. Y allí, sentada, comenzó a pensar en hacia dónde estaba caminando. Primero levemente, luego de modo intenso, hasta ser un dolor que se le metió en el pecho. Y se sintió muy triste.
De las farolas de la calle le llegaba una luz polvorienta, como gastada. La gente dormía en sus casas. Allí todo olía a vacío, a viejo y a dolor. A mediocridad absorbente, absurda. Y sintió ganas de huir lejos, muy lejos, para que no le alcanzaran aquellos alambres que la apresaron sin dejarle avanzar mucho tiempo atrás. Y de los cuales había huído, o intentaba huir. Vio el fin de la negrura en forma de calendario, y agachó la cabeza para verlo en etapas. Allí ya no había nada para ella.
Y se entregó al trabajo. El porqué del camino no era huir de allí, pero sí una motivación fuerte. En su cartera ponía "la felicidad no es el fin del camino, sino la razón del viaje", y ella lo creía. Así que se levantó. Y, sin levantar demasiado la cabeza -el horizonte suele asustar- siguió caminando.
Escrito por yure el 08/04/2009 01:03 | Comentarios (1)
Que la vida es cíclica y se repite, como los decorados en una película de bajo presupuesto, es una de las mayores verdades con que contamos. Y no sólo diacrónica, sino también sincrónicamente (esto es, las vidas de los seres humanos se parecen unas a otras escalofriantemente).
Pero me quiero centrar en la diacronía. Sin pretender hacer una gran reflexión, he de decir dos cosas: la primera, que a veces el tiempo no es un factor relevante; puedes dejar a alguien radicalmente y volver a encontrarlo igual 3 años después. Sin dejar de ser bastante indiferente para mí, aunque escalofriante para el sujeto en cuestión, da que pensar y mucho: ¿realmente el desarrollo cognitivo de dos personas con circunstancias similares va siempre a la par, o cada uno evoluciona de una manera, factor el cual es el mayor causante de los desajustes en las relaciones humanas afectivas? Es decir, ¿el caso de Benjamin Button es realmente tan de ciencia ficción, o todos somos un pequeño Brad Pitt (ay, ojalá...) con un desarrollo tanto interno como externo como para echarnos de comer aparte?
Pues yo, señores, como cabe suponer, me inclino por la segunda. Por ello no creo en el amor, ni en la amistad, ni tan siquiera en la familia: como diría Heráclito, todo fluye, todo cambia. Y eso de que la eternidad dura un instante no es una frase bonita simplemente, es cierto: si pretendemos estancar nuestra felicidad en un momento, éste se esfumará y nos quedaremos sin nada, vacíos, porque lo que está vivo no se puede estancar: sólo se estanca lo muerto.
Y junto a esto observamos la escalofriante realidad de aquellos seres humanos que no saben o no pueden hacer nada contra esto y se dedican a vivir en una contínua minoría de edad, ya sea total o parcial, de su trayectoria vital. La gente es muy cobarde, mucho más de lo que yo llegué a imaginar nunca, hasta incluso con las cosas que importan para su propia felicidad.
Lo dicho, que como suelo decir en mis sesiones arregla-mundos por las cafeterías de mi ciudad, ya no hay hombres de verdad: murieron todos con Paul Newman.
Escrito por yure el 17/03/2009 11:13 | Comentarios (0)
Me sale mejor contigo encima. O al lado, o debajo, o donde sea, pero con tu piel tocando la mía. Me sale mejor si me equivoco contigo, si nos reímos de nuestras tristezas, si nos besamos torpemente, con desconocimiento. Me sale mejor si tiemblo y me sudan las manos, y a ti también, y jugamos a querernos. Me sale mejor si tú me tocas, me sale mejor contra tu cuerpo. Si la noche, con su luna, danza para nosotros, y tú me susurras al oído secretos que no son secretos, pero ni a ti ni a mí nos importa. Me sale mejor si estoy contigo, sonreír es más fácil cuando te tengo.
Escrito por yure el 09/03/2009 03:53 | Comentarios (0)
Quiero dibujarte con los lápices del alma. Quiero trazarte para que no seas borroso, para que tu sonrisa quede nítida y llena de color. Sacaré el rojo para pintarte el corazón, el verde para el camino desde tu casa a la mía, el amarillo... (el amarillo no, que soy teatrera y da mala suerte). El azul para decirte, cielo, que desplegaré mis alas - blancas - para rodearte con ellas e invitarte a volar conmigo. El violeta para tu risa, que me huele a primavera y pone mi casa de fiesta. El naranja para mí, para que la luz de mi vela nos inunde a ambos, mostrándonos un espacio en el que podamos buscar nuestro hogar. Y el negro, cariño, lo voy a romper y a tirar muy lejos, porque está tan contenta mi alma por dibujar la tuya que no has de tener miedo: no puede haber nada oscuro en nuestros pasos.
Escrito por yure el 31/01/2009 00:20 | Comentarios (0)
En la ciudad eterna de los días morados todo me olía a tu pelo, hasta el ruido de las plumillas de los intelectuales al rasgar sus hojitas de papel escribiendo nuevos sueños. Ahora que el naranja inunda los balcones, la ciudad eterna huele a mar, a deseo, a ganas de dejarse seducir por su juego de espejos reflectantes de vida, de agudísimos Gaudíes y Dalíes que trenzan con sus dedos el aire almibarado del otoño.
La ciudad eterna huele a leyenda, a Nada, a la lengua de mis ancestros. A gente que toca la guitarra en pequeñas plazas donde, en las mañanas de primavera, se acuna el sol. A ganas de besar el cielo. A las puntas de la enagua de Europa, que por fin ha escapado de su rapto y se ha vuelto mestiza, con sabor a Iberia y a rumba catalana. La ciudad eterna huele a futuro, a paseo en bicicleta, a un café con leche, por favor, o mejor un té, o mejor un zumo, o mejor... ¿usted que se tomaría? y las horas van pasando al compás de los ríos de historias que caminan por las calles, quizá también en dirección a su futuro, o tal vez a su pasado, quién puede saber.
La ciudad eterna huele a mí. A mí, que sé leer el mundo con mis dedos brailes mojados en tinta. Y tu pelo se ha volado con las danzas del otoño: ya estamos en invierno.
Escrito por yure el 11/01/2009 16:36 | Comentarios (1)
Hola, cariño, hoy he estado en casa. Me he dado una vuelta para ver cómo iba todo, qué tal estaban los niños, cuánto habían crecido. Dormidos están tan guapos... ¿te acuerdas, cariño, de lo que nos gustaba verlos así, con la carita de paz durmiendo?
He tenido miedo de entrar en tu habitación, por si estabas llorando, despierto aún. Se me rompe el alma de verte llorar, mi vida, mi dulce, tú dices que yo me he ido y no es así, yo nunca podré dejarte. No, si tú lloras. Te quiero demasiado. Cuando dije "para siempre" lo decía de verdad, mi cielo, no vuelvas a dudarlo.
Pero estabas dormido. Con una expresión de felicidad en tu cara, ¿estabas soñando con nosotros, cariño? se te debe hacer la cama grande, porque duermes abrazado a la almohada como antes te abrazabas de mi cintura. Daría tanto por besarte...
He salido porque no te quería perturbar el sueño -eres tan, tan lindo cuando duermes-. Te dejo esta nota sobre la cocina. Para que sepas que no estás solo, que yo sigo viniendo, mi cielo, y que por mucho que todos te digan lo contrario, la muerte no ha podido separarme de ti.
Escrito por yure el 25/12/2008 03:04 | Comentarios (5)
Aquella tarde le hizo el amor. Era su último día y ambos lo sabían. En realidad, lo llevaba deseando mucho tiempo, con una fuerza casi enfermiza. Cada mañana al despertar, cada noche al llegar a casa, en la cena –siempre escasa-, mientras su hermano se servía el té de por las noches. La había deseado desde que Yahoub la trajo por la puerta, cuando ambos tenían dieciséis años. Y su nombre, su pelo, el color de sus ojos y el delicioso aroma que desprendía su piel por las mañanas se le habían tatuado en la mente. La había deseado desnuda, vestida, con la cabeza tapada por ese velo color verde esmeralda bajo el cual escondía su irresistible cascada de pelo azabache. Cuando cocinaba pastas y sus manos se llenaban de harina, cuando venía, sudorosa, con el enorme cesto de mimbre en el que transportaba la ropa mojada.
Yahoub nunca lo habría sospechado. Él era carpintero, y pasaba demasiadas horas en el taller del señor Ahmed, el pobre hombre. Con el párkinson, apenas podía hacer nada y eso significaba el doble de trabajo para Yahoub: no se podían permitir otro empleado. En la carpintería hacían tablones de madera, todos iguales, de cuatro metros de largo para aquellos malditos cayucos que suponían a la vez la libertad y la tumba. Y todos los que montaban en ellos lo sabían.
Pero Hassan no. Había quedado en paro desde que en la lonja empezaron a despedir a gente, porque ya nadie podía comprar pescado. Y eso suponía un montón de horas en casa con la deliciosa criatura que, maldita fortuna, se había convertido hacía tres años en su cuñada. Aún embarazada era hermosa, con su vientre hinchado y los pechos jugosos rebosantes sobre el vestido. Antojadiza, con los tobillos cargados, Hassan la deseaba con ciega pasión y habría subido una y mil veces las manos tobillos arriba, cuando se ofrecía tímidamente a darles un masaje para hacerla descansar.
Y ella también le miraba. En aquella pequeña casa que apenas dejaba sitio para los tres era imposible que dos adultos solos, tantas horas juntos, no secruzaran por el pasillo y se rozasen disimuladamente, o aspirasen el rastro de feromonas que desprendía el sexo opuesto. Pero Amina nunca decía nada, cambiaba rápidamente de conversación o alegaba que tenía que ir a cuidar a la niña. Y Hassan se deshacía pensando en aquel fruto prohibido que constituía la posesión más valiosa de la persona que más quería en el mundo, su hermano gemelo.
Pero aquella tarde fue diferente. Él había pasado algún tiempo barajando la idea de ir a España, y el tipo de la embajada siempre alegaba lo mismo: sin soborno no había pasaporte. Tantos meses en casa, sin un mal puesto de empleo, hacían que se empezara a desesperar. Y entonces fue cuando se le ocurrió.
Si no hubiera sido la única solución, no lo habría hecho. Pero debía hacerlo y lo sabía, en casa no quedaba dinero para mantenerle a él, Amina ya hacía bastante lavando ropa de sol a sol para todo el vecindario a cambio de un poco de verdura, arroz o huevos. Y todos sabían que la solución era ir a Europa, así que un día se decidió y le dijo a Yahoub que le pusiera en contacto con el hombre al que le vendía las maderas. Su hermano se puso blanco e intentó disuadirle, pero sin demasiada fuerza porque a él tampoco se le ocurría otra solución. Y Hassan habló con el asqueroso señor Rashid, el que pedía un fortunón por jugarse la vida en un maldito cayucoque, con suerte, les transportaría a él y a otros cuarenta desgraciados a algún punto impreciso de la costa española. Y juntó dinero, de lo que podía. Sus ahorros de toda la vida, la sortija heredada de su padre, algún trabajo puntual. y cuando lo llevó todo a aquellas ratas y le dijeron la fecha, menos de una semana después, en lo primero que pensó fue en ella, en Amina, en que nunca más volvería a ver a aquella deliciosa criatura nacida en un pueblecito de costa, que había tenido que mudarse a Rabat con su familia en busca de trabajo.
Se le quitó el sueño. Cuando veía sus ojos le daban ganas de decirle “vente conmigo, escapemos, dejemos esta maldita vida de miseria juntos, que sin ti no tengo fuerzas”. Pero entonces se cruzaba su sobrina, o su hermano, y la mutua mirada de deseo contenido se volvía a anudar en la garganta. Y rápidamente, los cinco días pasaron, y llegó la última tarde.
Habían dado las siete de la tarde, y Yahoub no tardaría en llegar. Apenas dieran las nueve y se hiciera de noche, el señor Ahmed recogería porque no tenían luz eléctrica en el taller. Amina estaba cosiendo un bajo sobre la mesa de la cocina, y él entró. La miró y vio que estaba llorando. Le preguntó “¿qué te pasa?” muy bajito, casi susurrándoselo al oído, mientras le secaba con la yema de los dedos una lágrima cristalina que se había deslizado mejilla abajo. Y ella no pudo contenerse y le abrazó. Y lloró con toda la fuerza que le daban sus pulmones, y le apretó con angustia el pelo, los hombros, la espalda. Y él se dejó apretar, porque el tacto de esas manos de dedos largos y enjutos era lo mejor que le había pasado en mucho tiempo, y la abrazó también. Le mesó el pelo con delicadeza, acariciándole el cuero cabelludo con la punta de los dedos. Pasó la mano por su cabellera, por su espalda, su delicada cintura. La meció como a un niño chico y le dijo “no, mi niña, no” casi deslizándoselo de sus labios al oído, para que no se perdiera por el aire ni una sola de las partículas del amor con que cargaba cada palabra. Le besó el lóbulo y ella lo apretó con más fuerza. Arropó con su boca cada una de las células que componían aquel rostro que conocía de memoria, ansioso por memorizar lo que nunca aún había visto. Ella se abandonó en sus brazos y quiso fundirse en él, porque también ella habría querido dejarlo todo y marcharse lejos, muy lejos junto a ese hombre que ahora le desabrochaba la chilaba para besarle el corazón. Y mientras el sol anaranjado de la tarde entraba por el ventanal de la cocina, Hassan y Amina se hicieron uno, fundiendo sus almas y sus cuerpos con el inmenso caudal de pasión que habían estado acumulando de manera silenciosa y prohibida durante cinco años. Y los gemidos ahogados se disiparon con los últimos rayos de sol.
Cuando a la madrugada siguiente se despidió con dolor de los tres, cada beso fue diferente. El de Yahoub sabía a dolor, por el engaño y por su partida. El de su sobrina sabía a incomprensión por qué se iba su tío con todos esos hombres sin equipaje y sin saber dónde. Y el de Amina… el de Amina le supo a desesperación, a entraña arrancada a la fuerza. Porque fuera donde fuera, y por mucho tiempo que pasara, en el vientre de esa mujer se hallaría para siempre su hogar.
Escrito por yure el 23/10/2008 19:18 | Comentarios (2)
Mañana nos vamos a ver. Estoy tan nerviosa que me tiemblan las piernas. Nos esconderemos en tu casa: cena, vino, velas, un baño caliente, y una eternidad para jugar al cíclope. Y para hundir mi cara en tu vientre, que huele a pan. Creo que estoy empezando a quererte.
Escrito por yure el 20/10/2008 22:32 | Comentarios (2)
Para que luego digas que soy tu niña pequeña, tu juguetito. Tu trocito inmaculado de algodón por el que nunca pasa nada. Claro que pasa. La vida, pasa. Y tú te sientas a tomar café y a destripar, con voz soñolienta, los argumentos de un melodrama de microchips. Eres mortalmente predecible. Anoche me acosté con otro. Solo venía a decírtelo, a decirte que folla mejor que tú y con más ganas, porque no tiene medido cada milímetro y movimiento, como tú.
Iba a decírtelo así, sin más, mientras tomáramos el café de la mañana. Anoche me acosté con otro. Y tú, deshojando la primavera en flor por la sección de economía del día 2 de octubre. Quizá, con un poco de suerte, te atragantes con la magdalena. Así reaccionas y, al menos, toses. Y elevaba mis dedos en sus nalgas sudorosas mientras me devoraba el cuello. Habría disfrutado detallándote el excitante tacto de su rosado glande erecto, para que sufrieras imaginando a tu nenita sobre él, harta de esperar al tuyo. Te ensartaría las palabras por el oído, como los cuchillos de ese truco con cajas que hacen los magos. La imagen de mi lengua en su tórax, unay otra vez serpenteando por tu consciencia. Y contarte que no pensé en ti, sino en mí; que me sentí muy mujer y muy satisfecha en mi cuerpo cuando me llevó al orgasmo, y que dediqué mi grito de victoria a la represión que hace más de un año tú provocaste. Pero he decidido no decírtelo, porque su semen me lavó los ojos y me hizo ver que soy una mujer increiblemente poderosa. Ya lo descubrirás cuando me haya ido y leas esta carta.
Escrito por yure el 02/10/2008 00:03 | Comentarios (4)
Dicen que hay un considerable número de mujeres que desean que las azoten. Respetables amas de casa, trabajadoras dignísimas con su traje de chaqueta, madres hastiadas, novias recatadísimas, amigas, hermanas. Más de las que cabría pensar. Y ellas se sonrojan y lo niegan poniend el grito en el cielo, con su Paco en el sofá, mirando el fútbol. Pasan por las tiendas de cuero y las miran de reojo. Quizá hasta reniegan de ello, y denuncian a gritos la desvergüenza para bochorno de sus amigas. Muchos suspiros castrados, en la España del s. XXI.
También dicen que hay hombres que desean zapatos. De tacón, altos, brillantes. Para lamerlos, frotarlos o lucirlos en sus sólidos pies de padres de familia. De estudioso y recatado muchacho, experto en música, de respetable abuelo de una preciosa niña con coletitas rubias. Pero nadie lo dice.
Y homosexuales que sueñan con placeres heteros, y prostitutas que sueñan con poemas y velas, y novios que sueñan con el mejor amigo. Y todos callan. Y les colocan esos zapatitos que usan las chinas para reprimir el pie, pero en el alma. Y en vez de problemas de huesos, los tienen de corazón, de felicidad y de falta de vida. En esta España tan moderna, que ya tiene tele con plasma. Hay que ver, lo que callan los labios.
Escrito por yure el 04/09/2008 21:29 | Comentarios (0)
Estaba enamorada del chico de su amiga. Así que un buen día, hastiada de sufrir por dentro, clicó copiar-pegar. Y ahora, con sendos amantes calcados, ya ninguna tiene celos.
Escrito por yure el 03/09/2008 15:27 | Comentarios (0)
Cos daurat. Cos amb pell de faraó, de déu egipci, de amo del desert y senyor de la sorra. Ulls negres, pell nua amb olor a calor humà que prové del seu ventre, la seva nuca i el seu sexe resplendent i sucós. Estès sobre eixa llarga i solitària banda d’arena que li acarona la pell amb els seus petits grans d’or com un miliar de dits infinits, ràpides, amb ànsia d’arpar-li de molt dins eixe gemec plaent que sortirà pels seus vermells i apetibles llavis amb semblança de maduixa madura.
Un mar, un infinit de partícules tan màgiques que tinten el seu color del mateix reflex del sol ataronjat del vespre, que el furten com si foren xiquets juganers i envejosos de la lluentor de la seva desitjable pell. Ballen la dansa del capvespre dibuixant espirals en la seva esquena, abraçant-li els músculs, la carn de les espatlles, els bíceps, el melic, les natges, els genolls, els peus. Dibuixen una perfecta coreografia fent veure que busquen, però sense voler acabar de trobar mai.
S’han enamorat. Ni tan sols la platja pot resistir-se a fer-ho, quan el meu déu egipci frega el seu cos contra ella.
Escrito por yure el 24/08/2008 17:11 | Comentarios (0)
Medirte con la lengua. Saborearte con ansia, clavando los dientes, como si te fueras a acabar. Llenarte de mi saliva hasta que te escurras entre mis dedos, como los peces plateados. Y los minutos se paran, se eternizan, y las saetas del reloj bailan mi danza de lobo hambriento.
Miedo, miedo, miedo. Miedo de mí, de descubrirme, de desbordarme. De saltar. ¿Miedo de qué? De dejar de tenerlo. La conciencia, lo correcto, los excesos pasados, las cosas que nunca hice, las que nunca debí hacer. Y de vez en cuando se me cuelan entre las sienes y me hacen sentir muy niña, muy frágil, como buscando un regazo en el que llorar. Y los peces plateados, que no bailan a mi ritmo. Y por más que me empeño, no encuentro la melodía adecuada.
Peces de colores, peces escurridizos, peces inventados, peces que se reflejan en el espejo del baño cuando nos miramos fijamente al centro de los ojos. Y la clepsidra va cayendo, desbordando las gotas. De la jarra a la boca, de la boca a los labios, rojos, calientes contra el agua tan fría, y de ahí a bordear la comisura. La barbilla, el cuello, y cierro los ojos (me hace cosquillas). La clavícula, el pecho, los senos. El pezón, siempre tan rosa, ahora marrón y encogido. La tripa, el ombligo: se cuela dentro y me da un escalofrío que me llega a las ingles, a la espalda, a las piernas. Y ahí se queda, jugando en su curva, hasta que poco a poco se evapora.
Sueño que se forma una nubecita, y que va navegando como un barco velero por la ventana, por las calles, las ciudades, hasta llegar a tu casa. Que se cuela por tu ventana, y se mete en tu aposento. Se pasea, juguetona como un niño chico, para llegar a tu nuca, y condensarse en tu espalda. No sé si era esto lo que me enseñaron en la escuela como el ciclo del agua…
Escrito por yure el 08/08/2008 12:38 | Comentarios (2)
Me huele a ti la tripa, el verano, el sol de mediodía. Los helados, los olivos del monte Etna, el sol de la Toscana. Los isleños de torsos desnudos que convierten a Lolita (mi dulce y pecaminosa Lolita) en una sumisa ama de casa. Los ansiosos lobos europeos que desaparecen con el próximo avión. El placer, la piel, los cuerpos. Las gotitas de sudor que perlan tu torso. El verde entre las carreteras, el fondo del océano. La tierra que ruge, húmeda y salvaje, y hasta el calor que desprende mi cuerpo.
El helado es más sabroso antes de llevarlo a la boca, cuando lo lames con los ojos. Lo mejor del placer es el deseo.
Escrito por yure el 08/08/2008 12:20 | Comentarios (0)
Aquella tarde, como todos los sábados, Caperucita cruzó el gran bosque para llegar a casa de la abuelita. Aunque sabía de sobra que a aquella hora la abuelita estaba fuera, en su partida de mus con el leñador y un par de guardabosques que frecuentaban la zona. Al llegar a la curva del gran roble se le dibujó una sonrisa predictora, fruto de aquella costumbre que tanto la complacía y que había acabado con su aburrida monotonía en la aldea.
- Hola, Caperucita, ¿dónde vas tú solita por este bosque tan oscuro?
Sabía que al lobo le encantaba aquello. Así que le complació, como siempre:
- A casa de mi abuelita. Y mi mamá me ha dicho que no hable con extraños…
- Pero yo no soy malo, caperucita, es cierto que soy un lobo, pero un lobo bueno que no va a hacerte nada…
Caperucita sintió una decepción dentro de sí, ¡¿cómo que nada?! Al lobito le estaban empezando a pesar los años. Así que se desvió por el camino largo, a dejarle a la abuelita la comida del domingo, que siempre se le alargaba la juerga y luego solo comía precocinados. Con sus años debía cuidarse más, no tenía el estómago ya para trotes.
Cuando llegó a casa de la abuelita vio sobre la cama al lobo muy bien disfrazado con el camisón violeta, y se volvió a animar.
- Qué brazos tan grandes tienes, abuelita…
- Son para abrazarte mejor, Caperucita
- ¡Y qué ojos tan grandes tienes!
- Son para contemplarte mejor, nietecita mía.
- Y la boca, abuelita, qué boca tan grande tienes…
- ¡Es... es para comerte mejor!
Y Caperucita sonrió, lujuriosa, mientras Marcos López, alias “el lobo”, la devoraba una vez más.
Escrito por yure el 01/05/2008 22:16 | Comentarios (1)
No era tan dura. A veces, por la noche, se encerraba en su habitación con la luz pequeña, frente al espejo. Se desabrochaba la blusa, poco a poco, de abajo a arriba, muy despacio. Imaginaba que él estaba detrás, rozándole la espalda con el torso. No era un él concreto, sino otro irreal, falso, aquel que nunca llegaría. Se acariciaba el cuello, los brazos, la tripa, los pechos gemelos, redondos, tibios y blancos.
Se acordaba de los momentos de intimidad, y comenzaba a llorar muy despacito, acunándose a sí misma, obligándose a olvidar todas sus ganas de tenerle. Se metía a la cama y se arropaba muy suavemente, dándose un beso muy dulce en la frente.
Y se contaba un cuento. Uno de esos para dormir, dulces, de hombres con corazón y mujeres amadas. Uno en el que él no la hacía daño y en el que jadeaba en vez de suspirar. Y se dormía entre los brazos invisibles de su amante que no existía. No es que fuera seca, solamente estaba quemada.
Escrito por yure el 24/04/2008 18:17 | Comentarios (0)
Son los besos de los pobres, los que se dibujan en los ojos y se dan con la mirada. Imagino tantos para ti que se me desgastan los labios del alma, y cuando desapareces, desolados, ya no me sirven para sonreír.
Escrito por yure el 12/03/2008 01:47 | Comentarios (1)
Placer. tu piel que se activa. Tus dedos recorriendo mi espalda, mis nalgas, mis piernas, y tú y yo en un infinito dibujo de caminos, trazo de mapas ilegible que solo tú y yo sabemos leer, que solamente juntos podemos caminar.
Una eternidad a tu lado, pegada a ti, dentro de ti. Y nos convertimos en serpientes de sinuosos retorcimientos, en creadores de deliciosas arquitecturas efímeras que se rompen en el culmen de nuestra sublimación. Como un cristal, como una copa de vino que se rompe y se derrama, deliciosamente juntos, deliciosamente solos, en la espiral de nuestros sentidos.
16-02-08. Tren Brujas-Bruselas.
Escrito por yure el 19/02/2008 15:26 | Comentarios (0)
El pequeño cefalófago se despierta de madrugada. Levanta con lentitud sus posaderas y agita sus patitas traseras, frotandoplacenteramente la una contra la otra. Se despereza y se yergue, estirando todas sus vértebras y haciendo un ruidito (“hmm..”) de placer. El cefalófago medio, de tamaño comprendido entre los 1650 y 1850 cm, se puede ver claramente ejemplificado a la hora del café, cuando suele tener entre sus patas delanteras –que no usa para su apoyo, sino como herramienta de manipulación- celulosa manipulada en la que se han depositado manchitas de tinta que el cefalófago, hábilmente, interpreta.
No es hasta después de la ingesta rutinaria de cafeína –sustancia muy apreciada entre el cefalófago de edad adulta- cuando el cefalófago sale del estado larvario en que la hibernación diaria le deja, y experimenta su desarrollo a cefalófago medio-grande. Entre las familias de cefalófagos, jerarquizadas en enrevesadas estructuras de poder, es terriblemente difícil este cambio en especial, hecho el cual ha llegado a crear una subespecie denominada “cefalófago frustrado” que se deriva, a su vez, en varias ramas (ordenadas jerárquicamente de menor a mayor estado de desarrollo): rebelde -que evoluciona a disidente en su etapa adulta-, eremita y líder de la oposición.
El gran cefalófago, el más conocido entre los ciudadanos y protagonista de numerosas leyendas urbanas, presenta miembros claramente desarrollados, traje corbata y cubertores de las extremidades traseras recubiertos de cuero en su mayoría negro. Su hábitat natural es el despacho u oficina, progresivamente más lujoso cuanto más se desarrollan sus facultades. No debemos caer, ante el tratamiento con esta especie, en ninguno de los dos extremos habitualmente adoptados por el ciudadano medio: ni en la completa ignorancia e indiferencia, ni el sometimiento resignado. El gran cefalófago, plenamente desarrollado, debe su nombre a la manipulación parásita de las cabezas humanas –elemento fundamental en su dieta-, tragando todo aquel pensamiento independiente o lúcido y sustituyéndolo por una mezcla de heces y saliva que se ha dado en llamar “cultura popular”.
En su condición de parásito, el cefalófago ha llegado a constituir una poderosa plaga difícil de erradicar en nuestra sociedad. Se ruega alejarse de cualquier foco de contacto, y ante la más mínima duda de posible infección acudir al punto de lectura más cercano.
Escrito por yure el 12/02/2008 20:27 | Comentarios (2)
Qué fácil es ser apoderado. Y vender a tu torero, y ver los toros desde la barrera, y tocarle el culo a la novia del torero cuando estána buenas, y tocárselo también para consolarla cuando la deja, porque es un cabrón. Pero nunca sobárselo. Eso es lo malo de ser apoderado, que uno se contenta con una palmadita, con ese pequeño instante de contacto entre ése ser admirado y uno, con sus patillas y su puro, que me cago en la puta, cada vez sabe más amargo.
Pero qué fácil es ser apoderado. A veces, cuando tu torero hace la mejor faena, tú te maldices por no estar allí, con el traje de luces y el pelo engominado, con todas las mozas de mantilla llorando porque te estás dejando la vida delante de un toro; te maldices por estar tras la barrera, por no sentir la adrenalina al jugarte el pellejo. Pero eso es sólo un momento, luego, cuando el muchacho la borda, tú lo coges en hombros y da igual quién haya sido, los dos rodeáis la plaza, y a los dos os aplauden las mozas de mantilla. O quizá no os aplauden a los dos.
Pero qué fácil es ser apoderado. Y fumarte puros a la salud del muchacho, y muy a su salud, apoderado, porque si en la próxima plaza un astado le atraviesa el alma, no sólo la sangre correrá por la arena,también las lágrimas de las mozas acompañarán su caída. Sin embargo, si tu caída es tras la barrera, no parará tu torero ni correrán lágrimas de mozas de mantilla, y tu sangre rodará sola, apoderado, sola y sin arena.
Escrito por yure el 31/01/2008 03:01 | Comentarios (0)
Huele a pan. Algunas noches noto el fantasma de sus labios contra los míos, fuerte, muy fuerte como si fueran una maldición; hoy no. Hoy no es de noche, quiero decir: el sol entra a raudales tratando de calentar mi morada, y le extraño. He lamido demasiado su ausencia. Por un momento quiero cerrar los ojos y sentirme libre. Escapar de él y de su deseo. Pienso en los niños: me gustan los niños, siempre huelen bien aunque se ensucien. En la silla está todavía, completamente desordenada y haciendo milagros para no caerse, mi ropa de ayer. Huele a mí, pero no está sucia. Quizá un amante etéreo gustase de pasar su nariz sobre ella y aspirar muy fuerte el olor de mi cuerpo, inundándose de nostalgia. Debe estar sabroso ese pan caliente, ¿de dónde será? tiene que ser un hogar, de los de verdad: tan cálidos y acogedores. En una casa que huele a pan recién hecho una no se debe sentir sola. Sobre todo si lo hornea el ser amado. Pienso en él, con su torso desnudo y la frente manchada de harina. Sería tan apetitoso comerlo, untado en chocolate... Por las noches suelo pensar más en su tripa, que también huele a pan. En cómo debe ser hundir también mi rostro en ella y notarla calentita y acogedora, siempre dispuesta para mí. Siendosinceros, claro que las cosas sin él tienen sentido. Pero le echo de menos. A él, a su olor a pan y al chocolate. El sol no calienta, como todos los soles de todos los días de Soria. Lo justo para hacerte ver el hielo de las calles y añorar los días cálidos, los de besos y hogar. Está demasiado lejos. Su corazón del mío, quiero decir, 5 horas no son tantas cuando se echa así de menos. ¿A qué olerá su casa? ojalá huela a él y me esté esperando. Ojalá busque, entre los dedos, sumergidos en masa doradita, el olor de mi vientre desconocido, el sabor de un hogar que fecundar. Por la noche echo más de menos al amante: ahora siento la cruda necesidad de los labios de un compañero. Qué difícil es quererle. Y cómo duele en las mañanas con sol.
Yure. 6-1-08.
Escrito por yure el 06/01/2008 19:13 | Comentarios (0)
Ansia de ti, de tu boca. De tus dientes que me devoren, benditos mordiscos que claven sus incisivos en mí y recorran mi carne. Ansia de tu lengua lamiéndome, de tu saliva lubricándome. Ansia de tus dedos taladrándome, de tu aliento en mi oído. Necesidad de tu piel frotando la mía, una y otra vez. Obsesión con tu lúbrico y pétreo falo que horade mis entrañas. Pienso en ti, de manera irracional. Te busco con la lengua, inconscientemente chupo mis labios, muerdo mi dedo, lo huelo para percibir el aroma de la piel, del calor corporal. Vuelvo a pasar, libidinosa, la lengua sobre ellos. Los muerdo, noto cómo la sangre se activa. Mi cuerpo ruge desesperado, gritando tu nombre, y no puedo más. Se me nubla la vista: deseo tus uñas sobre mis hombros, tu peso aprisionándome. Tengo demasiado calor, estoy demasiado sola, tengo demasiadas ganas de ti. El tiempo se hace eterno, y esas malditas agujas del reloj hacen que la humedad que se desliza por mis piernas se convierta en una tortura. No puedo aguantar más, se va a dar cuenta todo el mundo, inconscientemente me he empezado a balancear adelante y atrás; ya no puedo más, solo una breve, una minúscula escapadita al baño...
Yure. 3-1-08.
Escrito por yure el 05/01/2008 20:37 | Comentarios (1)
Cuando sobra ensalada, porque tú no comes conmigo, el vinagre se pone malo y estropea las verduras. Cuando inconscientemente parto tomate para dos y le echo el aceite por encima sé que se va a poner malo en la nevera, pero aún así lo arreglo y lo preparo con esmero, y me miento por un instante y me prohíbo pensar que tú no estás en el comedor, esperándome. Esa sonrisa con olor a lechuga me inunda los ojos, y por un momento me siento alegre y con olor a verano y a ti. Recién cortada, en el cuenco, está preciosa. Los colores se entremezclan gritándole al mundo que están vivos, y yo quiero gritar con ellos. Así que me encamino al comedor, y justo antes de cruzar el umbral me da un vuelco el corazón, como siempre que te voy a ver. El pulso se me dispara y me siento tremendamente excitada, me gustas tanto... Pero entonces cruzo la puerta, y veo la sala vacía, y me sirvo la ensalada y sobra la mitad (tu mitad). Así que el ánimo se me espachurra, como la ensalada con el vinagre, y me dirijo a la cocina. Abro el cubo de basura y vuelco en él mis esperanzas, sentimientos y tu parte de lechuga.
Escrito por yure el 26/05/2007 16:41 | Comentarios (3)
No son tus labios, pero se parecen. Si cierro los ojos puedo imaginar que su sabor es aquel que tanto echo de menos. Corren por mi boca fugaces y maravillosos, y puedo creer un momento de felicidad perecedera si consigo acallar un poquito las voces de mi mente. O quizá toda la felicidad es perecedera, y aquella eterna que sueño junto a ti es imposible.
No son tus brazos, pero emiten un calor parecido. Me abrazan y me siento protegida, y sé que nadie va a dudar de ello, porque qué sentido tiene dudar ante la evidencia. Los noto fuertes alrededor de mi torso y me imagino junco, y dejo que me cimbree como el viento de la primavera. Él salvaje, yo todavía verde. Dejo que me bailen toda entera, y que me mezan a su antojo. Quizá -solo quizá- como tú, y si cierro los ojos puedo llegar a atisbar una semejanza entre su cuerpo y el tuyo.
Pero su alma no se parece. Es opaca, y cuando me miro en ella no veo un universo rico, sino un archivador por orden alfabético. Y en sus ojos no veo el mundo en el que me muero por internarme, sino dos objetivos de cámara, de las de un solo uso. Y echo de menos el sentirme libre, como junto a ti, y entonces sus brazos me pesan sobre el cuerpo como dos enormes cadenas de ancla. Y me ahoga su torso y me quema su calor. Y comienzo a sentir claustrofobia, dentro de un alma tan pequeña. Y echo de menos la otra, la lejana, la tuya. Sus galerías y jardines, y su luz de sol radiante, esa que nace de muy dentro, del centro más recóndito de tu alma. Y sus labios son como un caracol con baba corrosiva que va surcando mi piel de llagas. Y entonces, pese a estar entre sus brazos, me siento sola, muy sola. Y hago otro añico de mi ajada alma en un nuevo intento por buscarte en él, y me sumerjo en su cuerpo como un perro herido que busca que le curen las heridas. Pese a que sé que no te voy a encontrar, y que me voy a seguir quemando.
Escrito por yure el 10/05/2007 14:31 | Comentarios (0)
Hoy he ido a la playa. He soltado mis cabellos y, de cara al mar, he abierto los brazos y el alma para que la brisa de olor a sal y gaviotas me inundara. Es tan bello y sobrecogedor, el nuestro... me siento frente a él tan pequeña e insegura, y a la vez tan reconfortantemente impotente...
He imaginado – deseado, más bien – que soy la playa; y me he sentido extensa, dorada, fina y caliente por los rayos con que el tímido sol de abril me empieza a acariciar, rotunda e infinita, tan simplemente compleja...
He arrimado mis pies al mar, a esa zona donde llegan los últimos lengüetazos de ola y siempre está húmeda, y he sentido – nuevamente el deseo – que el mar eras tú, y que jugabas conmigo a lamerme las piernas, tan húmedas presintiéndote, y te deslizabas poco a poco, yendo y viniendo a mi piel, aumentando el ardor como le sucede a la playa – yo – según avanzan los fecundos días de primavera. Me he extendido, deshecha en arena, para abrirme a ti, mientras tú – tus dedos infinitos, tu precioso cuerpo rebosante de húmeda fertilidad – escalabas por mí poco a poco, matándome de deseo en espera de la noche, cuando la marea te trae hacia mí y te introduces en mis entrañas, y vuelves a salir, y vuelves a entrar en un delicioso e infinito lamer de olas que me penetran y hacen sentir tu fuerza, regalándome todo tu poder al romper pleno en mí, eterno y deseado mar de mi anhelo.
Y he guardado tus secretos, tus caracolas, tus trozos de alga, muy escondidos en mi interior en una complicidad deliciosa cuando te has ido, regando mis doradas piernas con un manto de blanca espuma. Te has despedido con un guiño y me has dejado, satisfecha, a la espera impaciente – siento, plena, mis límites cuando me extiendo en los tuyos, alcanzando en tu agua, como playa, mi placentera totalidad – de la siguiente noche, cuando volvamos a estar solos y la luna, dichosa cómplice, te ayude a escalar por mis piernas, para apagar el calor que acumulo durante el día, sedienta de ti.
Al despertar de mi sueño – deseo – la brisa me anegaba, despidiéndome del mismo sol, la misma arena, la misma agua que comparte tus días. Y me he marchado con la tristeza del que se aleja de un amigo, dulce por el recuerdo y amarga por la añoranza. Qué perfectamente bello es este mar nuestro.
Escrito por yure el 10/05/2007 13:50 | Comentarios (0)