Yure

BESO DE LAS OLAS

 

           Hoy he ido a la playa. He soltado mis cabellos y, de cara al mar, he abierto los brazos y el alma para que la brisa de olor a sal y gaviotas me inundara. Es tan bello y sobrecogedor, el nuestro... me siento frente a él tan pequeña e insegura, y a la vez tan reconfortantemente impotente...

 

He imaginado – deseado, más bien – que soy la playa; y me he sentido extensa, dorada, fina y caliente por los rayos con que el tímido sol de abril me empieza a acariciar, rotunda e infinita, tan simplemente compleja...

 

He arrimado mis pies al mar, a esa zona donde llegan los últimos lengüetazos de ola y siempre está húmeda, y he sentido – nuevamente el deseo – que el mar eras tú, y que jugabas conmigo a lamerme las piernas, tan húmedas presintiéndote, y te deslizabas poco a poco, yendo y viniendo a mi piel, aumentando el ardor como le sucede a la playa – yo – según avanzan los fecundos días de primavera. Me he extendido, deshecha en arena, para abrirme a ti, mientras tú – tus dedos infinitos, tu precioso cuerpo rebosante de húmeda fertilidad – escalabas por mí poco a poco, matándome de deseo en espera de la noche, cuando la marea te trae hacia mí y te introduces en mis entrañas, y vuelves a salir, y vuelves a entrar en un delicioso e infinito lamer de olas que me penetran y hacen sentir tu fuerza, regalándome todo tu poder al romper pleno en mí, eterno y deseado mar de mi anhelo.

 

Y he guardado tus secretos, tus caracolas, tus trozos de alga, muy escondidos en mi interior en una complicidad deliciosa cuando te has ido, regando mis doradas piernas con un manto de blanca espuma. Te has despedido con un guiño y me has dejado, satisfecha, a la espera impaciente – siento, plena, mis límites cuando me extiendo en los tuyos, alcanzando en tu agua, como playa, mi placentera totalidad – de la siguiente noche, cuando volvamos a estar solos y la luna, dichosa cómplice, te ayude a escalar por mis piernas, para apagar el calor que acumulo durante el día, sedienta de ti.

 

Al despertar de mi sueño – deseo – la brisa me anegaba, despidiéndome del mismo sol, la misma arena, la misma agua que comparte tus días. Y me he marchado con la tristeza del que se aleja de un amigo, dulce por el recuerdo y amarga por la añoranza. Qué perfectamente bello es este mar nuestro.

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