Yure

ÁCIDO

 

           No son tus labios, pero se parecen. Si cierro los ojos puedo imaginar que su sabor es aquel que tanto echo de menos. Corren por mi boca fugaces y maravillosos, y puedo creer un momento de felicidad perecedera si consigo acallar un poquito las voces de mi mente. O quizá toda la felicidad es perecedera, y aquella eterna que sueño junto a ti es imposible.

 

No son tus brazos, pero emiten un calor parecido. Me abrazan y me siento protegida, y sé que nadie va a dudar de ello, porque qué sentido tiene dudar ante la evidencia. Los noto fuertes alrededor de mi torso y me imagino junco, y dejo que me cimbree como el viento de la primavera. Él salvaje, yo todavía verde. Dejo que me bailen toda entera, y que me mezan a su antojo. Quizá -solo quizá- como tú, y si cierro los ojos puedo llegar a atisbar una semejanza entre su cuerpo y el tuyo.

 

Pero su alma no se parece. Es opaca, y cuando me miro en ella no veo un universo rico, sino un archivador por orden alfabético. Y en sus ojos no veo el mundo en el que me muero por internarme, sino dos objetivos de cámara, de las de un solo uso. Y echo de menos el sentirme libre, como junto a ti, y entonces sus brazos me pesan sobre el cuerpo como dos enormes cadenas de ancla. Y me ahoga su torso y me quema su calor. Y comienzo a sentir claustrofobia, dentro de un alma tan pequeña. Y echo de menos la otra, la lejana, la tuya. Sus galerías y jardines, y su luz de sol radiante, esa que nace de muy dentro, del centro más recóndito de tu alma. Y sus labios son como un caracol con baba corrosiva que va surcando mi piel de llagas. Y entonces, pese a estar entre sus brazos, me siento sola, muy sola. Y hago otro añico de mi ajada alma en un nuevo intento por buscarte en él, y me sumerjo en su cuerpo como un perro herido que busca que le curen las heridas. Pese a que sé que no te voy a encontrar, y que me voy a seguir quemando. 

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