LA PEREGRINA
Cuando se le acabó el camino, se dio cuenta de que se había quedado sin botas. De caminar inconscientemente, había acabado por desgastar su propia piel en el sendero, y se había acostumbrado de tal modo que en la planta de sus pies se había formado una capa de piel dura e insensible que le permitía caminar sin calzado alguno. En medio del campo, una vocecita pequeña le dijo: no te lamentes, pequeña, aquí no hay zapatitos de princesa. Y buscó, ingenua, al conejito blanco con un reloj de bolsillo poseedor de la vocecita. Pero no encontró a su alrededor ningún ser vivo, y comenzó a sospechar que quizá fuese esquizofrenia.
Como tampoco tenía qué comer, empezó a alimentarse de viento. Abría la boca de par en par, como las ventanas en días de fiesta, para que el aire le entrase dentro y se le llevara todo aquello que el caminar, a diferencia de sus botas, no había sabido desgastar. Pero nunca había suerte. Entonces, aprendió a beber el sol, y a comerse la amargura. Se convirtió en viajera errante y se acostumbró a andar sin sendero. La soledad hace que todo se vuelva igual, de un color vacío y polvoriento que arranca el interés a todo. Perdió la noción de la realidad y del tiempo, y caminó sin rumbo, por las tierras sin sendero que encontraba a su paso, y poco a poco dejó de importarle todo lo demás. El clima, las horas, la estación del año, el estado de su ropa. Su pelo se llenó de nidos y su aurora de rocío, y se metamorfoseó en campo.
Esta no es la historia de una vida, ni lo pretende ser. La muchacha que me lo contó lo había oído de su abuela, y no estaba segura de que fuese del todo cierto. En algunas aldeas fantasma de Tierra de Yanguas he encontrado un par de ancianos milenarios que cuentan haberla visto con su pelo lleno de flores y su regazo con olor a páramo, buscando aún el sendero por el que reconducir sus pasos. Pero sólo son leyendas; esos ancianos que tienen en su piel dibujado un mapamundi llevan, también, en la alforja de su memoria un quintal de tesoros orales. Inventados o no, en la primavera veo, con el primer deshielo, las huellas de unos pies errantes, solitarios, que buscan aún un retazo de paz al que llamar hogar.

